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Beryll

jueves, 27 de agosto de 2009

Sé que es un tópico, pero por ello no deja de ser verdad, es una verdad que está ahí delante para el que quiera verla. La diferencia entre vivir y morir se halla, entre otras cosas, en disponer de alimentos. Sé que suena a perogrullada, sé que todo el mundo pensará que no descubro nada nuevo, que todo el mundo lo sabe. Y es cierto, todo el mundo lo sabe pero pocos lo sentimos. No pretendo convertir este blog es un reality show 2.0. Con lo que voy a contar no quiero levantar pena o compasión, simplemente recalcar un aspecto importantísimo que solemos dar por hecho: si no comemos, morimos.

Berryll, una semana después de llegar al orfanato: ya se encontraba mejor.Beryll llegó al orfanato hace unos 20 días, con evidentes síntomas de malnutrición. Desesperada, su madre pidió por favor que la atendieran aquí ya que a ella le resultaba imposible hacerlo. Los recursos del  orfanato son limitados, por lo que las condiciones que debe cumplir un niño para ser admitido deben ser estrictas: sólo niños huérfanos, o con familia que no puede hacerse cargo de ellos, y que han dado positivo en el test de VIH. De hecho, a los niños se les realiza un segundo test un año después, y sin dan negativo se les busca casas de acogida, que fue lo que le ocurrió hace muy poco a Unice, una niña regordeta y hermosa que era la delicia de todo el mundo. Sin embargo, si las circunstancias lo permiten o la situación es muy grave, el orfanato acoge niños que no cumplen con esas condiciones. Beryll es uno de esos casos.

Aunque Beryll tenía dos años cuando llegó aquí, no podía andar de lo débil que se encontraba. No hablaba, no interactuaba con los demás, y lo que más preocupaba a Mum Christine: no reía. Tan sólo miraba fijamente lo que se encontraba frente a ella. Tras los primeros análisis médicos, se comprobó que tenía algún tipo de sordera crónica en el oído derecho y que necesitaba una dieta adecuada (sólo pillé que le daban complejos multi-vitamínicos). Eso fue hace 20 días.

Berryll, tras su segundo nacimiento.Durante esos veinte días, Beryll ha ido mejorando lentamente, muy poco a poco. Pero en los últimos días, y sobre todo después de que volviéramos de viaje el domingo pasado hemos asistido felices al nacimiento de una nueva Beryll, dos años después de su primer nacimiento.

No olvidaré nunca la niña que vi en el cumpleaños de Rose Mary, hace ahora cinco días, y la alegría que sentí cuando la vi sentada con Rachel, otra de las niñas que viven en su cottage. Se movía, quería empezar a andar (aunque todavía tiene unas piernecillas demasiado débiles para ello), hacía por balbucear y comunicarse, intentaba con cierta habilidad abrir ella sola los caramelos del cumpleaños, hacía caso de la gente, y pedía que la cogieras en brazos. Pero lo mejor de todo es que había empezado a reír.

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Lea Toto

domingo, 9 de agosto de 2009
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Rose tiene veinte años. Desde que se casó, con trece años, su marido y ella han tenido tres hijos. Sophie, la más pequeña, tendrá unos tres años. Es una niña seria, que mira atenta todo cuanto le rodea, con unos enormes ojos negros, sobre todo si lo que le rodea son tres wazungus.

El marido de Rose trabaja fabricando muebles pequeños, estanterías y cosas así. Su trabajo supone el único ingreso de la familia. Desgraciadamente, ahora se encuentra en el hospital, porque tiene tuberculosis y neumonía, y le acaban de detectar una infección urinaria que hace que orine sangre. Cada vez con menos dinero, Rose ve cada día que pasa que será más difícil pagar el agua, la luz, y el alquiler de la chabola que tiene en Kibera, el barrio de chabolas (o slum, en inglés) más grande de toda África. El alquiler de la chabola, algo que me dejo tremendamente sorprendido, les supone mil chelines al mes, unos diez euros.

Kibera En Kibera viven cerca de un millón de personas, según las últimas estimaciones, lo que representa algo más del veinticinco por ciento de toda la población de Nairobi. La densidad de población también es espectacular, dos mil personas por hectárea. En casa de Rose viven siete personas en alrededor de ocho metros cuadrados. Aunque dadas las circunstancias, las casas están tremendamente limpias comparado con lo que te puedes encontrar por las calles. Ellos mismos van lo más limpios que pueden.

CalleDeKibera Andar por las calles es una experiencia contradictoria. Como es de suponer, las calles son de tierra, pero a los lados se acumula la basura, y ella misma va formando parte del terreno. Para deshacerse de ella, la acumulan y la queman, lo que da a todo Kibera un olor muy particular, que se mezcla con el del agua estancada, el pescado seco o la carne expuesta, cruda, en algunos de los puestos que te encuentras. Y hemos tenido suerte visitando el slum en la época seca. No quiero ni pensar cómo debe ser la vida allí con la dificultad añadida de encontrarse todas las calles embarradas, y el agua contaminada recorriéndolas.

En esta situación sanitaria, es normal que la gente enferme muy a menudo, a pesar de que sus habitantes hacen todo lo posible para mantener limpias sus casas y mantenerse limpios ellos mismos. Durante nuestra visita, vimos muchísima ropa tendida, y muchísima mujer lavando, a mano por supuesto. Pero eso no evita que las gallinas picoteen entre la basura, o beban el agua sucia que circula por entre las casas. También es posible que te encuentres a un niño jugando con ella. Es por todo ello que las enfermedades más habituales son la tuberculosis, la hepatitis, y como no, el VIH y su síndrome, el sida.

DSC02342 Para ayudar en lo posible a toda esta gente, la COGRI (Children of God Relief Institute), la organización de la que dependen el orfanato en el que trabajo, elaboró y llevó a cabo un proyecto denominado Lea Toto (Criar Un Niño, en swahili). Dicho proyecto es una extensión de las ideas que dieron origen a Nyumbani Home, pero con un modelo distinto. En vez de recoger niños y acogerlos, el proyecto está basado en un modelo de atención basada en el hogar (o HBC, Home-Based Care), según el cual cuidadores más o menos formados visitan a las familias para estudiar sus necesidades y atenderlas con los recursos disponibles. Las necesidades atendidas son de carácter médico-sanitario, alimenticio, psicológico y emocional. El personal del proyecto, médicos, enfermeros, trabajadores sociales, visitadores (o caregivers), etc., trabajan en distintos slums, en unas instalaciones conocidas como stations. A dichas estaciones, de las que hay seis o siete (Kibera, Kawangware, Kangemi, Kariobangi, Dandora…), acuden las personas que lo necesitan en busca de medicinas (fundamentalmente, antirretrovirales para el VIH), alimentos (maíz, aceite…) o consejo. Jorge, uno de los miembros del Spanish Team, está realizando una investigación de campo para conocer más sobre una de las tareas que sirven para ayudar económicamente a las familias, la fabricación y venta de artesanía (de la que ya habéis visto una pequeñísima muestra), de forma que sea posible elaborar una especie de plan financiero con el que dar salida a dichos productos. Por su parte, Idoia realiza visitas diarias a las distintas chabolas, y es la primera caregiver española. Toda una responsabilidad.

Podéis ver el resto de las fotos de nuestra visita a Kibera en este álbum de Flickr (no todas son agradables, pero es la realidad que ellos viven cada día).

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