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Sobre los valores

lunes, 26 de diciembre de 2011
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Para mí fue una suerte empezar a trabajar con Carlos. De él aprendí tantas cosas que me es imposible no cruzarme una y otra vez con su recuerdo, en circunstancias laborales y personales. Con él compartí brainstormings que acabaron en grandes ideas, me lanzó con mis primeras chaquetas y corbatas a clientes aquí y allá, me inició en las técnicas de gestión del tiempo y me mostró libros que me enseñaron a conocer mejor mi cerebro. No puedo olvidar que fue mi maestro en el curso de formación para formadores, un curso que dejó a un antiguo yo en la cuneta, y del que surgió un nuevo yo. Tuve la suerte de que orientara mis lecturas hacía el señor Stephen R. Covey, y en particular hacia su libro, “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”.

Fue el libro de Covey el que me introdujo en la mollera la necesidad de definir una misión personal basada en principios y en valores, como primer paso a la hora de abandonar la dependencia y caminar hacia la interdependencia, más allá de una independencia más o menos inútil, pero para nada eficiente. Cuál era mi misión era una pregunta que sería imposible contestar sin haber resuelto antes una pregunta quizá de más calado interior. ¿Cuáles son mis principios? ¿Cuáles son mis valores? Fue en ese momento cuando comenzó a crecer en mí el interés por ese ente abstracto llamado “valor”. La definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua contiene trece acepciones. La que es relevante para el tema que trato es la primera:

(Del lat. valor, -ōris).
1. m. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.

Estamos de acuerdo. Pero como suele ocurrir con este tipo de definiciones, no son útiles para buscar lo definido, sino para darle nombre una vez que lo has encontrado, para trasladarlo de lo sentido y lo intuido a lo conocido. Traducir la pregunta de cuáles son mis valores a cuáles son mis grados de utilidad para satisfacer mis necesidades o proporcionarme deleite no me hizo avanzar. Es por ello que inicié la búsqueda, un proceso que ha ido permeando mi camino y que se ha ido concretando en pequeñas señales como una categoría en mi blog, por ejemplo.

Las fuentes de las que bebí fueron muchas. Fui observando lo que otros más entendidos que yo llamaban “sus valores”, para tratar de averiguar si me identificaba con alguno de ellos, o si por el contrario, los rechazaba, en una especie de cata y degustación filosófica: “Se aprecia en la Justicia un trasfondo de fermentación en barrica secular”, o “A la luz, muestra el Respeto destellos de cierto color humano”. Muchas veces las catas acababan en el hallazgo del nombre, como si le hubiera puesto etiqueta a un vino, pero no iban más allá, como si se hubiera quedado en la botella y no lo hubiera probado. Sin embargo, el proceso me ayudó a recopilar una buena colección de posibles candidatos.

Los libros también me dieron indicaciones acerca de la naturaleza de los valores. Que forman una jerarquía, en la que ciertos valores adquieren un rango que les da autoridad sobre otros de menor nivel. Y así, para algunas personas ciertos valores que para nosotros son soldados rasos tienen en ellos galones de capitán general, mientras que nuestros generales de división no pasan de ser los cabos del otro. Entendí entonces que muchos conflictos entre personas van más allá de la superficie de lo que vemos, y que en realidad lo que dirimen, lo dirimen en los campos de batalla de los valores que poseen. También aprendí que los valores en sí no existen por separado de sus contrarios, y que un valor tiene dos caras como las monedas. Los valores forman una jerarquía de objetos duales, de forma que la Honestidad no tiene sentido si no consideramos también la Deslealtad, por ejemplo. Este aspecto dual de los valores me dio una pista importante sobre aspectos más prácticos a la hora de entender (y aplicar) lo que andaba buscando.

La pista definitiva que permitió darle un sentido práctico a los valores me vino de la mano de una rama de la filosofía que no veía relacionada en un primer momento con ellos, pero a los que dieron una percepción distinta. Tiene que ver con el origen primordial de la Ética, y que no es otra cosa que la Libertad, inasible sin considerar la responsabilidad con la que carga inevitablemente. Como ya comenté en una entrada anterior, no es posible no decidir, así que en cada intersección del camino hemos de resolver qué rama recorreremos a continuación y, lo que en mi caso resulta especialmente frustrante, qué rama no recorreremos. Curioso que es uno, aunque con un sólo flujo de tiempo… ¿Cómo llegamos a concretar nuestra decisión? ¿Qué manejamos en nuestra mente para determinar nuestro próximo paso? Son precisamente nuestros valores. Nuestra vida, nuestro recorrido, y el punto en el que nos encontramos ahora son reflejo fiel de nuestros valores. Son los valores los que nos ayudan a elegir (de ahí la importancia de su naturaleza dual) y en esa elección es fundamental su orden (¿parcial?), el peso que cada valor tenga sobre los demás. Y sobre sí mismo. ¿O acaso nadie nos ha puesto en juego el Amor cuando nos preguntaban si queríamos más a papá o a mamá? ¿No fue acaso una forma, un tanto cruel, eso sí, de enfrentar un valor consigo mismo aquella vez que nos preguntaron a qué amigo salvaríamos si todos estuvieran en peligro de muerte? Si quería averiguar cuáles eran mis valores, qué cara quería de ellos y en qué orden los debía organizar, debía analizar mis decisiones, ver qué era para mí lo más importante, si la Vida, el Amor, la Justicia, la Honradez, la Honestidad, el Respeto, o la Muerte, el Odio, la Injusticia…

El problema es la elección, ya lo decía Neo. Y no es problema por la dificultad en sí de la elección. Elegir es sólo tomar una determinación y descartar las otras. En las raices de la dificultad se encuentran los valores, sus conflictos, y la valoración (!) de las consecuencias que se derivan de nuestra decisión.

¿Cuáles son los tuyos?

La brújula es de Calsidyrose.

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Moiras

martes, 23 de agosto de 2011
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Nunca sabrás lo que habría sucedido de haber dicho “no” aquella vez. Tras el velo de lo que no ocurrió, para siempre oculto a tus ojos, encontrarás sólo preguntas. No serán distintas, ni en su fondo ni en su forma, a las que te desafiarían de haber mirado hacia adelante en vez de hacia atrás, pero sus respuestas no dependerán ya de ti.

Nunca sabrás qué hubiera ocurrido si aquel día, sentado a una mesa de cualquier café, rodeado de tus páginas y la luz del sol, no hubieras deslizado tu dedo sobre aquella piel artificial, un gesto sencillo que, sin permitir aún saber de qué extrañas formas Cloto estaba hilando tu hebra, ya había cambiado tu vida.

A pesar de todo, amigo mío, las dudas ya no importan.

La fotografía es de FishTech.

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