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De círculos, metas y preguntas

martes, 2 de noviembre de 2010

Quién no conoce uno de esos círculos viciosos… Los hay de muchos tipos, como el del huevo y la gallina, en el que la explicación de uno surge de la existencia de otro, y así sucesivamente. Da igual lo que contestes, tu oponente en el duelo dialéctico estará obligado a contraatacar haciéndote ver la verdad de lo contrario, y demostrándose con ello la verdad de tu argumento. Ambas cosas parecen ser ciertas, y ambas cosas parecen ser falsas. A la vez.

Otro recurrente es el de la llamada “televisión basura”. Unos argumentarán que la oferta de esa televisión satisface las necesidades audiovisuales de cierto segmento de la población (algunos se atreverán también a decir que es la mayoría de la población). Otros defenderán que la existencia de ese grupo de consumidores surge por exposición a esos programas. ¿Qué será cierto? ¿Que la oferta define la demanda o que la demanda modula la oferta? ¡El círculo vicioso está servido!

Salir del círculo vicioso es difícil. Difícil porque nos mantiene ocupados en algo que satisface nuestra necesidad de argumentar, de tratar de convencer a nuestros oponentes en la incruenta batalla de las palabras. Difícil porque nos ofrece un mecanismo de satisfacción de esa necesidad que, ohseñorgraciasalcielo, no terminará nunca, y así está garantizada durante todo el tiempo que queramos.

escher_1 Sin embargo, es necesario salir de él. Por dos motivos que en el fondo son uno mismo. Primero porque consume nuestras energías sin que se produzca ningún resultado modificador. Nada nuevo surge del contraste y colisión de tesis y antítesis. Ninguna nueva síntesis que llevarse a la boca. Y mientras tanto Hegel removiéndose en su tumba. Segundo, porque nos desvía del verdadero problema. ¿Qué problema se resuelve si averiguamos que primero fue la gallina? ¿Cuál si primero fue el huevo? ¿Qué problema se escuda, oculto, tras la discusión entre el oferta y demanda en la televisión, tras la gallina-programa y el huevo-espectador? Contestar la pregunta se transforma en el nuevo problema, y se olvida el problema que originó la pregunta.

Afortunadamente, la misma definición de círculo vicioso nos aporta un salida que, por su naturaleza circular, está clara: podemos salirnos en el punto que nos apetezca. El huevo. La oferta. Pero sal. Como un Alejandro Magno de andar por casa, decidimos deshacer el nudo de Gordias de Gordión por el uso expeditivo de la espada y en lado de la cuerda que nos convenga, nos interese, o nos dé igual. Y a otra cosa mariposa.

Hay una segunda manera. Me la descubrieron el otro día en la clase de Gestión de Personas y Habilidades Directivas. Siempre había defendido que, entre las preguntas, había una mucho más potente que las otras. Por encima de “qué”, “quién”, “cuándo” o “cómo”, surgía reinante “por qué”. Todas tienen sus fuerzas, y en último extremo todas son importantes y deben ser contestadas. Pero es el “por qué” lo que nos descubre los motivos, la finalidad, el objetivo, o la meta. Es la que mueve, la que inicia la acción, mientras que las otras la complementan describiéndola.

Estaba equivocado. En la mayor parte de las situaciones, contestar a “por qué” nos lleva a los motivos más superficiales o, en otros casos, a los motivos que la originaron en el pasado. ¿Por qué estás leyendo este post? Porque estás suscrito, porque te ha salido en el feed, porque te lo han enviado. Son explicaciones más que motivos. Hay una pregunta que excava más profundamente, que intenta buscar la veta esencial. Esa pregunta es “para qué”.

Haz la prueba.

PS: Después de contestar a ese “para qué” en vez de “por qué estoy leyendo este post”, no podré echaros en cara que mi número de lectores disminuya. Para los que lo decidan cancelar la suscripción, buen viaje y gracias. Para los que se queden, gracias y feliz estancia… 🙂

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