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Entradas Etiquetadas ‘símbolos’

Explicaciones no deseadas

miércoles, 29 de febrero de 2012

Las charlas telefónicas con mi amigo Pedro pueden tratar prácticamente de cualquier tema. Ya sea relacionado con nuestra profesión o nuestras circunstancias vitales, o con cualquier otro tema, nos atrevemos con todo con temeridad y más o menos inconsciencia. Estamos tan orgullosos de su contenido, y de lo profundo de los temas lidiados, que el pasado fin de semana bromeábamos con la idea de grabarlas y emitir nuestro propio podcast. Pagando claro, a ver si creéis que vamos a compartir gratuitamente lo que decimos. ¡Somos autores de palabras! 🙂 Y aquí termino la sorna.

phone Recordaba hace un momento, mientras iba al trabajo, una de nuestras reflexiones. Es alucinante todo el proceso que tiene que ver con la comunicación humana. Desde el momento en el que surge una intuición en nuestro cerebro, detrás de quién sabe qué reacciones bioquímicas, hasta el momento en el que nuestro interlocutor forma una idea en su mente, han sucedido una tras otra una serie de transformaciones: de la idea abstracta en nuestro lado derecho del cerebro a las palabras escogidas, definidas, claras del lado izquierdo; de ellas a las señales eléctricas que articulan laringe, lengua, y labios, y que consiguen hacer vibrar el aire; de las ondas sonoras transmitidas hasta el oído de nuestro oyente, y su impacto en él; del movimiento óseo en el interior de su oído a los cambios de potencial en la membrana celulares de las neuronas que lo conectan a su cerebro; y por fin la interpretación y generación de algo abstracto a partir de esos voltajes alternados. Si encima los comunicantes no comparten el mismo idioma nativo, en mi opinión, el proceso pasa de alucinante a casi milagroso.

El proceso visual es similar, pero en éste elimino el casi y me quedo sólo con milagroso (si queréis en los comentarios discutimos si se puede hacer uso de este término desvistiéndole de cierta componente religiosa). Donde allí teníamos ondas sónicas aquí tenemos ondas electromagnéticas (¡pura energía!), y donde allí teníamos interlocutor, aquí tenemos “la realidad tal cuál ha sido puesta ante nuestros ojos”. Donde allí teníamos palabras, aquí tenemos imágenes. Y sin embargo, de alguna forma que no alcanzo a comprender, transformamos una catarata de frecuencias, fotones, energías, amplitudes y fases en bordes, en colores, en sombras y luces, en formas, y en definitiva, en imágenes. Es a este punto al que quería llegar.

Los que me leéis desde hace tiempo sabéis que mi formación ha tenido una importante componente científica y tecnológica. Hasta cierto límite, el de mi ignorancia, puedo explicar científicamente las causas de la visión, haciendo uso de la óptica allí y la física de partículas allá, y acariciaría apenas algo de cuántica. Pero creo que hay algo que no puedo explicar, de hecho, que no querría explicar con esas herramientas. Es cierto: trillones de fotones por segundo incidirán sobre una superficie, algunos serán absorbidos por ella, y otros saldrán rebotados hacia nuestros ojos con una determinada frecuencia, y por tanto llevando con ellos un cierto color, y de allí hasta nuestro cerebro, donde se formará una imagen. Es cierto. Pero, ¿cómo explicar la emoción sentida cuando ves ese cuadro de Vermeer?

¿Quién quiere transformar en ciencia descarnada la realidad emocional de un sentimiento cuando ves delante de ti a la persona querida? ¿Qué importa aquella ley termodinámica cuando sientes un abrazo o una caricia?

¿Quién piensa en eso cuando da un beso?

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Postaleros 2010

viernes, 8 de enero de 2010

postaleros2010

Ainhoa, Ana Belén, Antonio, Banyú, Elena, Meli, Miriam, Sonsoles: muchas gracias.

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La profundidad cotidiana

miércoles, 10 de junio de 2009

¡Cuán a menudo pasan inadvertidos a nuestros sentidos la caterva de pequeños gestos cotidianos que inundan nuestros días, uno tras otro, y que no por ello se encuentran exentos de un profundo significado!

Fíjate bien, están ahí. ¿Cuáles son los tuyos?

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El regalo de Jose

domingo, 10 de mayo de 2009

Este pasado viernes Jose, el responsable de la cafetería del curro, me ha sorprendido con un extraño y a la vez valioso regalo, como muestra de gratitud por un favor que le he hecho, o más bien, que le he hecho a su portátil.

No sé cómo reaccionar ante esas muestras. Antes tendía a rechazar de forma lo más amable posible el regalo, porque lo veía como una especie de pago por algo que había hecho con el ánimo de echar una mano, y no con el ánimo de cobrarlo. Ahora sin embargo, pienso que es una muestra sincera y que lo regalado no es pago sino agradecimiento materializado. Y así, como en muchas otras cosas, me balanceo entre dos o más opciones, todas más o menos válidas, y todas más o menos erróneas. Siempre incompletas. Y no dudo que cambiaré de nuevo una y mil veces más.

Esta vez el péndulo, como digo, estaba del lado de la aceptación, y le he dado las gracias por dos botellas.

DSC_0600 La primera de ellas, es una botella de aceite de oliva, Dauro, que ha recibido estos dos últimos años el premio al mejor aceite de oliva virgen extra de extracción en frío. Es de uso exclusivo para el desayuno, y si se toma sólo con pan, el pan sabe a tomate, Jose dixit.

La segunda es una botella del único vermouth reserva que se embotella en España, de las Bodegas Martínez Lacuesta. Imprescindible beberlo frío con una rodajita de naranja y una oliva. Si os pasáis algún día por casa, estáis por supuesto, invitados 🙂

¿Y vosotr@s? ¿Cómo reaccionáis ante este tipo de regalos? ¿Cuál ha sido el más simbólico para vosotros?

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Latidos

sábado, 2 de mayo de 2009

No voy a ocultar que soy una persona que atribuye a los símbolos un profundo valor.

Porque, si lo piensas por un momento, no manejamos símbolos sino que somos símbolos. En el sentido más amplio, hacemos un símbolo de aquello a lo que queremos darle un sentido, y nos apropiamos de él. Eso es así porque los símbolos son la proyección en nuestra mente de la realidad-ahí-fuera y de nuestra propia realidad-ahí-dentro, y si no creamos un símbolo para algo, ese algo queda a la sombra de lo incomprensible.

Símbolos son nuestros nombres, las palabras, los colgantes, nuestros gestos, nuestros ritos, nuestra firma, nuestra palabra, nuestras promesas. Llenamos nuestras vidas de símbolos para comunicarnos, para recordarnos, para comprendernos, para unirnos, para separarnos, para humanizarnos, para avanzar. Llenamos nuestra vida de símbolos para entender y entendernos.

DSC_0584 Hace algo más de un mes, compré un reloj en el ubicuo Ikea. Los relojes son símbolos muy importantes para mí, porque representan mi tiempo y el tiempo de los demás. No puedo salir de mi casa sin mi reloj de muñeca y no sentir que voy desnudo. Y si se me olvida, puedo resultar muuuuy pesado, preguntando la hora cada minuto a todo el que tengo al lado.

También son símbolos muy prácticos: te indican la hora, te avisan de que has alcanzado cierto momento del día y sólo tienes que cambiarles la pila cada dos años más o menos… excepto el que me compré. A este hay que darle cuerda, hay que alimentarlo con giros de energía cinética, cargando sus baterías de energía elástica. Os aseguro que después de una semana de verle morir cada dos días, desacostumbrado como estaba a causa de los modernos relojes con entrañas de cuarzo, me tiraba de los pelos. ¿Otra vez tengo que ponerlo en hora? Faltó poco para asumir la pérdida, y sustituirlo por otro que no necesitara tanta atención. Muy poco.

Sin embargo, con el tiempo (no deja de ser irónico), este reloj en particular ha acompañado mis mañanas con un latido tictac tictac al que le he atribuido una tremenda responsabilidad. Ese latido es el latido de mi casa, de mi hogar en realidad. Y así, el reloj es el símbolo de su corazón. Y no puedo dejar que se pare. Ahora no me importa darle cuerda: al contrario, es uno de los pequeños ritos de todas las mañanas. Rik, rik, rik, rik, rik… ¡A marchar!

¿Será vivir elegir qué símbolos queremos hacer nuestros para ver las cosas como queremos verlas? Tremenda responsabilidad…

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