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Alicia

viernes, 6 de agosto de 2010

Hay libros que tienen más de una lectura. ¡Qué digo! Todos los libros tienen más de una lectura, dado que cada vez que los lees, el lector es distinto, ha cambiado y no es el mismo. Frases, situaciones, diálogos que antes pasaron desapercibidos pasan al frente, como quien no quiere la cosa, destacando por encima de los demás. No es lo mismo leer “El Principito” siendo un niño que un adulto que antes fue niño (¿verdad, León?). Y la “Rebelión en la granja” toma una perspectiva distinta cuando, más allá de una fábula moderna, lo lees como un crítica política.

El gato de Cheshire, según TennielOtro libro de estos es “Alicia en el País de las Maravillas”. Es uno de mis libros favoritos, y desde la primera vez que lo leí, dos fragmentos se quedaron marcados. No son grandes descubrimientos (como casi nada), ni desvelan magnas verdades. Más bien al contrario, son verdades humildes, de andar por casa, de las que en la Biblioteca de Borges van encorvadas, en zapatillas de felpa, olvidadas de tantas veces que han sido vistas. Y esa es su riqueza y su condena: las tenemos delante de la nariz, y no las hacemos caso.

El primero de los fragmentos es un diálogo entre Alicia y el Gato de Cheshire:

—¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí?
—Depende mucho del punto adonde quieras ir.
—Me da casi igual dónde.
—Entonces no importa qué camino sigas.
—… siempre que llegue a alguna parte.
—¡Ah!, seguro que lo consigues, si andas lo suficiente.

El segundo de ellos lo encontraréis en la escena del juicio por el robo de las tartas:

El Conejo Blanco se puso las gafas. —¿Por dónde debo empezar, con la venia de Su Majestad? —preguntó.
—Empieza por el principio —dijo el Rey con gravedad— y sigue hasta llegar al final; allí te paras.

Sencillo, ¿verdad?

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El continente rojo

martes, 22 de septiembre de 2009

De Karen a Nyumbani... Algunos dicen que el Continente Negro no debería llamarse más que el continente rojo. En lo que respecta a la zona en la que nos encontrábamos, la categoría no puede ser más acertada. Todos los caminos que conocieron nuestros pasos eran alfombras de una tierra suelta, fina y sobre todo roja. Es una tierra que invade cada rincón con una tozudez sorprendente. Hasta los ordenadores de allí, negros en origen, mostraban ese característico tono rojizo. Mis calcetines blanco nuclear que llevé siguen, casi dos semanas y algunos lavados después, con los talones y las plantas anaranjados ¿La persistencia de la memoria?

Me propuse conocer el porqué de dicho color, y hoy ha tocado investigar sobre ello. Como suele ocurrir, una vez que conoces la respuesta todo parece de una inmediatez y una evidencia tales que te hace pensar dos cosas: que eres más tonto de lo que crees, y que la respuesta estaba tan cerca que podrías haberla deducido tú mismo. El color rojo de la tierra tiene el mismo origen que el color de la sangre, de los tomates, y de la cadena oxidada de tu bicicleta. La culpa la tiene el hierro.

Un paso en el camino...En efecto, este tipo de suelo se forma “cuando la temperatura es elevada y la humedad suficiente, ya que las materias húmicas se descomponen rápidamente y se acelera la alteración hidrolítica, al desdoblarse los silicatos y desaparecer el ácido de hierro y aluminio. La coloración roja se debe a la pobreza de humus y a los hidróxidos de hierro, pobres en agua. El producto final de este desarrollo es la laterita. Si se mantienen los silicatos de aluminio, se forma limo rojo” (Diccionario Geológico).

Esta laterita, según la Wikipedia, es “el suelo propio de las regiones cálidas, caracterizado por la pobreza en sílice y su elevado tenor en hierro y alúmina”.

Ahora es cuando todos tenemos que exclamar, a coro: “¡Claaaaarooo!” 🙂

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