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Summer Holiday Program

Miércoles, 26 de Agosto de 2009

Desde que llegamos a Nyumbani, la idea era asignarnos determinadas tareas para que nos fuéramos haciendo al lugar, la gente, el horario y esas cosas. En un principio, el periodo de adaptación sería de dos semanas, es decir, hasta el final de julio. A partir del primero de agosto empezaríamos el Summer Holiday Program.

Mi tarea fundamental durante el periodo de adaptación fue ayudar a Pascal, el ingeniero informático que se encarga del mantenimiento de toda la infraestructura tecnológica de Nyumbani, tanto del Home, como el Village o Lea Toto. Quizá la tarea más importante fue preparar el aula de ordenadores para las clases de informática que impartiríamos a los niños entre él y yo. Otras, menos destacadas, pasaron por instalar drivers de tarjetas de sonido, reinstalar antivirus o resolver problemas de conectividad entre los ordenadores del Laboratorio de Diagnóstico. Yo siempre me he decantado más por temas de programación, así que he aprendido un montón sobre redes, routers, switchers y Ubuntu. Aprovecho para decir que lo primero que haré cuando llegué a Madrid será reinstalar mi portátil con XP y Ubuntu. Kiss my Vista goodbye!

En realidad el periodo de adaptación ha durado casi cuatro semanas. El motivo es que los colegios kenianos terminaban el curso académico más tarde de lo habitual, por algún motivo que desconozco. Además, el programa no terminará el día siete como pensábamos, sino el día cuatro. El caso es que, al final, el Summer Holiday Program empezó el pasado 11 de agosto, a las ocho y media de la mañana.

El programa consiste básicamente en tener ocupados a los chavales con algo que hacer para que, palabras textuales de Sister July, they don’t get into trouble. Durante todo el día, tienen perfectamente planificada su asistencia al arts & crafts club (manualidades), reading club (en la biblioteca), sports club, y cleaning club (lo de club era para darle cierta sensación de diversión). El mío es el computer club, como no podría ser de otra forma. Todos los días tenemos a todos los chavales, desde los mayores del High School, hasta los pequeños de primaria (creo que el más pequeño tiene unos siete años o así). Algunos son muy apañados para los temas informáticos, así que han creado un club aparte en el que durante dos horas los sábados se dedican a algo más avanzado.

Pascal, en una de las clases a los chicos del High School Son sólo cuatro horas y media al día, pero os aseguro que cansa un montón. Ahora entiendo mejor a los profesores profesionales, que tienen que hacer esto durante más horas y un año tras otro. Lo más difícil con diferencia es ganarse la autoridad y el respeto, pero la verdad es que en general se portan bien. Los hay que trabajan muy duro todos los días, como Liz, los hay guasones y estudiosos a la vez como John, los hay que cantan mientras trabajan como es el caso de Kevin, y otros trabajan en la sombra como Ann. También están los inteligentes pero vagos, los inteligentes que se quieren hacer los tontos, los perezosos, y también aquellos que por más que lo intentan, no llegan a pesar de tus esfuerzos. Imagino que como en cualquier otra clase del mundo.

Lo que no se suele decir tanto sobre los profesores es que también aprenden de y con sus alumnos. En mi caso, estoy aprendiendo a tratar a los más peques, a mantener cierto orden, a buscarme las vueltas para explicar en inglés lo que explicaría más fácilmente en español… ¡Y también aprendo swahili! Cuando quiero que se acerquen para empezar la clase, tengo que decir “cuja hapa”, que significa “venid aquí”. Si hay mucho ruido y necesito algo de silencio, tengo que gritar “Wewe, kelele, kelele” que significa “¡Vosotros! ¡Ruido, ruido!”. Quién sabe qué cosas más me tocará aprender en la semana y media que todavía queda para terminar el programa…

¡Tatuonana!

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El primer día de trabajo

Lunes, 20 de Julio de 2009

En estos días que han pasado, desde que llegamos el pasado jueves por la mañana, nos hemos ido haciendo con el lugar, la gente y el ritmo de aquí. Han sido cuatro días muy intensos, tan intensos que parece que llevamos aquí ya un mes, y todavía nos quedan casi dos.

Ya hemos conocido a muchos de los que trabajan aquí, y como no, a los niños. Con la excepción de algún chavalín, que parece tener una apariencia de chico serio, todos los demás gastan una tremenda sonrisa todo el día. Los hay volcánicos, terremóticos, y de todo, pero todos muy cariñosos. Ayer pasaron un mal rato, porque los voluntarios estadounidenses que andaban por aquí se volvían a Estados Unidos, y hubo algunos pequeños dramas. Pero bueno, saben que volverán el año que viene, así que ahí quedó todo.

Pero parece que el periodo de adaptación ha terminado, y hoy por fin hemos empezado a trabajar. El ritmo es estricto. Nos levantamos alrededor de las seis y media para tomar el desayuno a las siete (té o café, con alguna rebanada de pan o una especie de pestiños pero más blandos), tenemos la reunión de empleados a las ocho, en la que se organiza (creo) un poco el trabajo que se va a desarrollar (creo porque a la de hoy hemos llegado tarde, ¡oops!), y realizamos nuestras tareas hasta la una, en la que se sirve la comida. El trabajo empieza de nuevo a las tres, y termina a las cinco. De cinco a siete preparamos las lecciones que daremos durante el programa de verano (que empieza el próximo 1 de agosto y termina el 6 de septiembre.

Hoy sin embargo ha habido algunas excepciones. La primera de ellas es que nos hemos ido con Pasqual (el administrador de la red, algún día os hablaré de él, porque es mi jefe) a Nairobi, para comprar algunos componentes. La segunda ha sido una celebración. Por la tarde, a las cuatro, hemos celebrado los cumpleaños del personal. Estos cumpleaños se celebran una vez cada mes, para todas las personas que cumplen en él. La tarta riquísima y ¡tadá! helado de vainilla, toda una sorpresa.

A las siete cenamos (a esta hora, aquí en Kenia, es ya noche cerrada). Hoy nos ha tocado una especie de guiso de patatas con chapati, unas tortas de maíz, un tanto gruesas, que utilizan de manera parecida a los mexicanos. Luego, hemos estado repartidos por ahí en las casas de los chavales, echándoles una mano a ellos y a su mummy con sus deberes. En mi caso, me ha tocado lección de inglés (leer y eso). Algunos chavales leen relativamente bien y rápido. A otros les cuesta más y hay que echarles una mano.

Así que ahora, en cuanto termine esto, voy a caer en la cama como un saco de patatas, porque además mañana nos levantaremos a las 5:30 (ocho horitas, vamos) para despedir a los chicos en su salida al colegio.

¡Tatuoanana!

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