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Alicia

viernes, 6 de agosto de 2010

Hay libros que tienen más de una lectura. ¡Qué digo! Todos los libros tienen más de una lectura, dado que cada vez que los lees, el lector es distinto, ha cambiado y no es el mismo. Frases, situaciones, diálogos que antes pasaron desapercibidos pasan al frente, como quien no quiere la cosa, destacando por encima de los demás. No es lo mismo leer “El Principito” siendo un niño que un adulto que antes fue niño (¿verdad, León?). Y la “Rebelión en la granja” toma una perspectiva distinta cuando, más allá de una fábula moderna, lo lees como un crítica política.

El gato de Cheshire, según TennielOtro libro de estos es “Alicia en el País de las Maravillas”. Es uno de mis libros favoritos, y desde la primera vez que lo leí, dos fragmentos se quedaron marcados. No son grandes descubrimientos (como casi nada), ni desvelan magnas verdades. Más bien al contrario, son verdades humildes, de andar por casa, de las que en la Biblioteca de Borges van encorvadas, en zapatillas de felpa, olvidadas de tantas veces que han sido vistas. Y esa es su riqueza y su condena: las tenemos delante de la nariz, y no las hacemos caso.

El primero de los fragmentos es un diálogo entre Alicia y el Gato de Cheshire:

—¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí?
—Depende mucho del punto adonde quieras ir.
—Me da casi igual dónde.
—Entonces no importa qué camino sigas.
—… siempre que llegue a alguna parte.
—¡Ah!, seguro que lo consigues, si andas lo suficiente.

El segundo de ellos lo encontraréis en la escena del juicio por el robo de las tartas:

El Conejo Blanco se puso las gafas. —¿Por dónde debo empezar, con la venia de Su Majestad? —preguntó.
—Empieza por el principio —dijo el Rey con gravedad— y sigue hasta llegar al final; allí te paras.

Sencillo, ¿verdad?

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