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Historia de un bit

viernes, 2 de marzo de 2012
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Un bit en el ordenador es una decisión. Un sí o un no, el camino de la izquierda o el de la derecha, mostrar un punto en la pantalla, o no, enviar un dato por la línea de comunicaciones o no, mandar una señal al otro lado del mundo. O no.

Cuando combinas varios bits, tienes tantos caminos como la posible combinación de ellos. Así, si tienes dos bits, tendrás dos posibles alternativas para el primero, y para cada una de ellas, otras dos para el segundo bit, en total, cuatro. Con tres bits, son 8 los posibles caminos. Si reúnes ocho bits, un clásico en nuestro mundillo, tendrías 2 · 2 · 2 · 2 · 2 · 2 · 2 · 2 = 28 = 256 opciones. Precisamente con 8 bits puedes representar las letras del alfabeto, los números, algunos signos de puntuación y otros caracteres, porque todos ellos juntos (27 mayúsculas, 27 minúsculas, 10 dígitos…) suponen menos de 257 caracteres. Por ejemplo, la B está representada por la combinación de bits 01000010 (que además es el número 66).

Los números se vuelve enormemente grandes cuando consideramos programas de cierto tamaño. Por ejemplo, la versión 2010 de Microsoft Excel ocupa 20.767.072 bytes, es decir, 166.136.576 alternativas. Excel no funciona sólo, necesita de Windows y de programas adicionales para poder funcionar. Todos los programas básicos de Windows (me tomaré la libertad considerar básicos únicamente los programas en la carpeta C:\Windows\System32 de mi ordenador) suponen algo más de 4.580 millones de decisiones.

TronPaperBit

Se podría decir entonces que lo sencillo de la informática es que todo se reduce a ceros y a unos, y habría que coincidir en que lo complicado de la informática es que te vienen en paquetes de varios millones de ellos, y un cambio en uno sólo de esos dígitos, si pasa si ser detectado, puede dar al traste con tu trabajo. Os cuento un caso.

Ayer mismo, durante unas pruebas, cierto porcentaje en un cálculo resultó ser 7,56%, cuando realmente debería ser 0,00%. ¿Qué ocurrió? Nos llevó un tiempo encontrarlo, pero el problema residía en que, en la maraña de datos que manejábamos, en vez de aparecer la letra B, aparecía la letra C. Esta letra en binario se representa como 01000011 en vez de 01000010, que es la representación de la B, es decir, un único bit de diferencia. Con una única decisión equivocada entre varios billones de decisiones, dos conjuntos de datos nunca llegaron a encontrarse, y una triste resta, que debería haber dado como resultado un cero, dio un resultado distinto. Una única decisión.

Ya lo decía Neo

Para los que no hayan visto la primera película de Tron, lo de la imagen son los modelos en papel de un bit representando un uno (“Sí”), un bit en estado neutro, y un bit representando un cero (“No”) 🙂

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Sobre los valores

lunes, 26 de diciembre de 2011
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Para mí fue una suerte empezar a trabajar con Carlos. De él aprendí tantas cosas que me es imposible no cruzarme una y otra vez con su recuerdo, en circunstancias laborales y personales. Con él compartí brainstormings que acabaron en grandes ideas, me lanzó con mis primeras chaquetas y corbatas a clientes aquí y allá, me inició en las técnicas de gestión del tiempo y me mostró libros que me enseñaron a conocer mejor mi cerebro. No puedo olvidar que fue mi maestro en el curso de formación para formadores, un curso que dejó a un antiguo yo en la cuneta, y del que surgió un nuevo yo. Tuve la suerte de que orientara mis lecturas hacía el señor Stephen R. Covey, y en particular hacia su libro, “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”.

Fue el libro de Covey el que me introdujo en la mollera la necesidad de definir una misión personal basada en principios y en valores, como primer paso a la hora de abandonar la dependencia y caminar hacia la interdependencia, más allá de una independencia más o menos inútil, pero para nada eficiente. Cuál era mi misión era una pregunta que sería imposible contestar sin haber resuelto antes una pregunta quizá de más calado interior. ¿Cuáles son mis principios? ¿Cuáles son mis valores? Fue en ese momento cuando comenzó a crecer en mí el interés por ese ente abstracto llamado “valor”. La definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua contiene trece acepciones. La que es relevante para el tema que trato es la primera:

(Del lat. valor, -ōris).
1. m. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.

Estamos de acuerdo. Pero como suele ocurrir con este tipo de definiciones, no son útiles para buscar lo definido, sino para darle nombre una vez que lo has encontrado, para trasladarlo de lo sentido y lo intuido a lo conocido. Traducir la pregunta de cuáles son mis valores a cuáles son mis grados de utilidad para satisfacer mis necesidades o proporcionarme deleite no me hizo avanzar. Es por ello que inicié la búsqueda, un proceso que ha ido permeando mi camino y que se ha ido concretando en pequeñas señales como una categoría en mi blog, por ejemplo.

Las fuentes de las que bebí fueron muchas. Fui observando lo que otros más entendidos que yo llamaban “sus valores”, para tratar de averiguar si me identificaba con alguno de ellos, o si por el contrario, los rechazaba, en una especie de cata y degustación filosófica: “Se aprecia en la Justicia un trasfondo de fermentación en barrica secular”, o “A la luz, muestra el Respeto destellos de cierto color humano”. Muchas veces las catas acababan en el hallazgo del nombre, como si le hubiera puesto etiqueta a un vino, pero no iban más allá, como si se hubiera quedado en la botella y no lo hubiera probado. Sin embargo, el proceso me ayudó a recopilar una buena colección de posibles candidatos.

Los libros también me dieron indicaciones acerca de la naturaleza de los valores. Que forman una jerarquía, en la que ciertos valores adquieren un rango que les da autoridad sobre otros de menor nivel. Y así, para algunas personas ciertos valores que para nosotros son soldados rasos tienen en ellos galones de capitán general, mientras que nuestros generales de división no pasan de ser los cabos del otro. Entendí entonces que muchos conflictos entre personas van más allá de la superficie de lo que vemos, y que en realidad lo que dirimen, lo dirimen en los campos de batalla de los valores que poseen. También aprendí que los valores en sí no existen por separado de sus contrarios, y que un valor tiene dos caras como las monedas. Los valores forman una jerarquía de objetos duales, de forma que la Honestidad no tiene sentido si no consideramos también la Deslealtad, por ejemplo. Este aspecto dual de los valores me dio una pista importante sobre aspectos más prácticos a la hora de entender (y aplicar) lo que andaba buscando.

La pista definitiva que permitió darle un sentido práctico a los valores me vino de la mano de una rama de la filosofía que no veía relacionada en un primer momento con ellos, pero a los que dieron una percepción distinta. Tiene que ver con el origen primordial de la Ética, y que no es otra cosa que la Libertad, inasible sin considerar la responsabilidad con la que carga inevitablemente. Como ya comenté en una entrada anterior, no es posible no decidir, así que en cada intersección del camino hemos de resolver qué rama recorreremos a continuación y, lo que en mi caso resulta especialmente frustrante, qué rama no recorreremos. Curioso que es uno, aunque con un sólo flujo de tiempo… ¿Cómo llegamos a concretar nuestra decisión? ¿Qué manejamos en nuestra mente para determinar nuestro próximo paso? Son precisamente nuestros valores. Nuestra vida, nuestro recorrido, y el punto en el que nos encontramos ahora son reflejo fiel de nuestros valores. Son los valores los que nos ayudan a elegir (de ahí la importancia de su naturaleza dual) y en esa elección es fundamental su orden (¿parcial?), el peso que cada valor tenga sobre los demás. Y sobre sí mismo. ¿O acaso nadie nos ha puesto en juego el Amor cuando nos preguntaban si queríamos más a papá o a mamá? ¿No fue acaso una forma, un tanto cruel, eso sí, de enfrentar un valor consigo mismo aquella vez que nos preguntaron a qué amigo salvaríamos si todos estuvieran en peligro de muerte? Si quería averiguar cuáles eran mis valores, qué cara quería de ellos y en qué orden los debía organizar, debía analizar mis decisiones, ver qué era para mí lo más importante, si la Vida, el Amor, la Justicia, la Honradez, la Honestidad, el Respeto, o la Muerte, el Odio, la Injusticia…

El problema es la elección, ya lo decía Neo. Y no es problema por la dificultad en sí de la elección. Elegir es sólo tomar una determinación y descartar las otras. En las raices de la dificultad se encuentran los valores, sus conflictos, y la valoración (!) de las consecuencias que se derivan de nuestra decisión.

¿Cuáles son los tuyos?

La brújula es de Calsidyrose.

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Moiras

martes, 23 de agosto de 2011
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Nunca sabrás lo que habría sucedido de haber dicho “no” aquella vez. Tras el velo de lo que no ocurrió, para siempre oculto a tus ojos, encontrarás sólo preguntas. No serán distintas, ni en su fondo ni en su forma, a las que te desafiarían de haber mirado hacia adelante en vez de hacia atrás, pero sus respuestas no dependerán ya de ti.

Nunca sabrás qué hubiera ocurrido si aquel día, sentado a una mesa de cualquier café, rodeado de tus páginas y la luz del sol, no hubieras deslizado tu dedo sobre aquella piel artificial, un gesto sencillo que, sin permitir aún saber de qué extrañas formas Cloto estaba hilando tu hebra, ya había cambiado tu vida.

A pesar de todo, amigo mío, las dudas ya no importan.

La fotografía es de FishTech.

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Esclavitud constructiva

miércoles, 17 de agosto de 2011
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Cada hombre está eternamente obligado, en el curso de su breve vida, a elegir entre la esperanza infatigable y la prudente falta de esperanza, entre las delicias del caos y las de la estabilidad, entre el Titán y el Olímpico. A elegir entre ellas, o a acordarlas alguna vez entre sí.

Memorias de Adriano,
Marguerite Yourcenar

La clave de todas las cosas, cómo no, es elegir y todo lo que eso significa, mucho más de lo que parece a primera vista. Porque decir que sí a algo es decirle que no a otra cosa. Porque tomar partido por una opción te obliga a asumir las consecuencias y responsabilidades que de tu Libertad dimanan, es decir, a hacerlas tuyas y en definitiva, a ser tú. Porque con cada decisión, nos vamos haciendo a nosotros mismos, y a la vez dejamos de ser. Por extraño que pueda parecer, se es libre para elegir cualquier opción que se desee, pero no se es libre para no hacerlo.

Y así, queramos o no, somos fruto de nuestras elecciones porque estamos sometidos inevitablemente a lo que ellas implican. Bienvenidos a la cruda realidad del ser humano, una realidad incierta que lo subyuga y que a la vez lo hace grande.

Bienvenidos a la esclavitud constructiva.

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La maldición para poder soñar

jueves, 2 de abril de 2009

443px-William_Faulkner_1954_(3)_(photo_by_Carl_van_Vechten) La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que hace moverse al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede aplicarle a la moralidad tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para poder obtener de éstos el derecho de soñar.

William Faulkner

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