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El primer día de trabajo

lunes, 20 de julio de 2009

En estos días que han pasado, desde que llegamos el pasado jueves por la mañana, nos hemos ido haciendo con el lugar, la gente y el ritmo de aquí. Han sido cuatro días muy intensos, tan intensos que parece que llevamos aquí ya un mes, y todavía nos quedan casi dos.

Ya hemos conocido a muchos de los que trabajan aquí, y como no, a los niños. Con la excepción de algún chavalín, que parece tener una apariencia de chico serio, todos los demás gastan una tremenda sonrisa todo el día. Los hay volcánicos, terremóticos, y de todo, pero todos muy cariñosos. Ayer pasaron un mal rato, porque los voluntarios estadounidenses que andaban por aquí se volvían a Estados Unidos, y hubo algunos pequeños dramas. Pero bueno, saben que volverán el año que viene, así que ahí quedó todo.

Pero parece que el periodo de adaptación ha terminado, y hoy por fin hemos empezado a trabajar. El ritmo es estricto. Nos levantamos alrededor de las seis y media para tomar el desayuno a las siete (té o café, con alguna rebanada de pan o una especie de pestiños pero más blandos), tenemos la reunión de empleados a las ocho, en la que se organiza (creo) un poco el trabajo que se va a desarrollar (creo porque a la de hoy hemos llegado tarde, ¡oops!), y realizamos nuestras tareas hasta la una, en la que se sirve la comida. El trabajo empieza de nuevo a las tres, y termina a las cinco. De cinco a siete preparamos las lecciones que daremos durante el programa de verano (que empieza el próximo 1 de agosto y termina el 6 de septiembre.

Hoy sin embargo ha habido algunas excepciones. La primera de ellas es que nos hemos ido con Pasqual (el administrador de la red, algún día os hablaré de él, porque es mi jefe) a Nairobi, para comprar algunos componentes. La segunda ha sido una celebración. Por la tarde, a las cuatro, hemos celebrado los cumpleaños del personal. Estos cumpleaños se celebran una vez cada mes, para todas las personas que cumplen en él. La tarta riquísima y ¡tadá! helado de vainilla, toda una sorpresa.

A las siete cenamos (a esta hora, aquí en Kenia, es ya noche cerrada). Hoy nos ha tocado una especie de guiso de patatas con chapati, unas tortas de maíz, un tanto gruesas, que utilizan de manera parecida a los mexicanos. Luego, hemos estado repartidos por ahí en las casas de los chavales, echándoles una mano a ellos y a su mummy con sus deberes. En mi caso, me ha tocado lección de inglés (leer y eso). Algunos chavales leen relativamente bien y rápido. A otros les cuesta más y hay que echarles una mano.

Así que ahora, en cuanto termine esto, voy a caer en la cama como un saco de patatas, porque además mañana nos levantaremos a las 5:30 (ocho horitas, vamos) para despedir a los chicos en su salida al colegio.

¡Tatuoanana!

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