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Enredos del clima

lunes, 6 de julio de 2009

En la línea del último cuento corto que posteé, traigo a la palestra este otro, que mezcla a partes iguales humor y drama personal.

La nieve lo es ya todo, incesante torrente silencioso de partículas que consigue darle a la noche una claridad triste. De vez en cuando hago mover el limpiaparabrisas para apartarla del cristal, y no veo otra cosa que ese menudo y nutrido confeti cayendo sin fin. Al principio, la gente salía de sus coches, intentaba saber si el atasco se resolvía o no, y la nieve seguía creciendo alrededor nuestro, cubriendo la carretera y la ladera. También al principio pasaron algunos guardias en moto, subieron y bajaron, y entre la gente se corrió el rumor de que las máquinas quitanieves estaban ya trabajando.

3250954735_4f176d2fae La tarde se oscureció en un parpadeo, vino la noche, y ahora estoy aquí dentro, escribiéndote, Felisa, Rosita, escribiendo a una de las dos, o a las dos, en el reverso de un parte de accidente, un mensaje que no enviaré, sin saber muy bien a quién de las dos escribo ni tampoco siquiera por qué lo hago, por matar el tiempo, por aplacar la rabia que me da estar aquí inmovilizado, sin cobertura para el teléfono móvil, perdido para todos, entre el frío.

Una travesura, Felisa, te lo juro, una maldita travesura que nunca conocerás, yo pensaba pasar la noche con la familia, como siempre, contigo y con las niñas, con tu hermano y su mujer, con tus sobrinos, con tu tío, pero después de comer, mientras tu madre y tú empezabais los preparativos, añadir el tablero a la mesa del comedor, escoger los manteles, ir cociendo los langostinos, y organizando las demás cosas de la cena, pensé en que apenas me llevaría dos horas, de cuatro a seis, una visita fugaz a Rosita.

Rosita, Felisa sabe lo eficaz que eres como ayudante mía en el despacho, y hasta te ha comprado un regalo de Reyes, un detalle. Ir y volver, darte un besito en la misma puerta de casa de tus padres, desearte una feliz navidad, y por eso te llamé y te dije "voy a verte y a robarte un beso, amor", un besito furtivo mientras tu propia familia, dentro de la casa, prepara también la fiesta nocturna.

Total, que me metí en estos vericuetos de la sierra y empezó a nevar, a nevar, a nevar, y aquí estoy yo, intentando imaginar qué te voy a decir, Felisa, y Rosita pensando si me habré matado, cómo te voy a explicar mi ausencia mientras tu madre me observa con esos ojos suyos de lechuza, si es que por fin consiguen liberarnos y podemos regresas a nuestras casas.

José María Merino

 

La imagen del atasco es de Muddy LaBoue

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Carrusel aéreo

viernes, 15 de mayo de 2009

Ignoro si mantendrán una costumbre tan culturalmente saludable como esta que os vengo a contar e ilustrar, pero hace tiempo los Hoteles NH obsequiaban a sus inquilinos, nuevos nómadas, con un librito en el que recogían pequeños relatos, en proporción a la que suele ser la duración de su estancia. Textos, cuentos, historias diminutas que cabían en los pocos minutos que anteceden al sueño (o por qué no, que acompañan a un despertar perezoso cuando uno se descubre en la mañana abrazado cálidamente por las sábanas…

hotelroom Esos pequeños libros se llamaban o se llaman “Noche de relatos”, y son una delicia para tener junto a la cama y darle esquinazo al insomnio, aunque estoy seguro de que son igualmente útiles en cualquier circunstancia en la que uno no disponga de mucho tiempo, o no desee embarcarse en viajes literarios más largos. A mi desde luego, cada vez me gustan más los pequeños relatos.

No me distraigo más. Os transcribo uno de esos pequeños cuentos con el que me he divertido mucho. Siempre que termino un cuento así, me invade una agradable sensación de diminuta felicidad, como su extensión, pero a la vez una tremenda envidia (sana, cómo no 😉 ) porque me gustaría saber escribir cuentos así de bien acabados. Os dejo con “Carrusel aéreo”, de José María Merino.

Carrusel aéreo

¿De modo que también han retrasado su vuelo? Pues entonces tenemos tiempo de sobra. Ya le dije que yo he sufrido muchas de estas huelgas. Había pasado varias cuando en una de ellas, esperando la oportunidad de la salida en el aeropuerto de Pamplona, conocí a Judith, una barcelonesa que trabaja en asuntos parecidos a los míos. Nos caímos bien y fuimos intimando, nos hicimos lo que se pudiera llamar novios, y el puente aéreo nos unía los fines de semana. Después de un tiempo, cuando parecía claro que estábamos hechos el uno para el otro, una de estas huelgas retrasó nuestra cita durante más de un día. Tuve que pasar demasiadas horas solo en el aeropuerto, pero allí estaba Milagros, una malagueña profesora de francés. Simpatizamos, y conocerla me hizo reflexionar sobre mi proyectado matrimonio con Judith. Después del verano, ya salía con Milagros. También nos veíamos sólo de vez en cuando, pero esos amores tienen siempre mucho incentivo para vivirlos. La cosa había cuajado entre nosotros, y yo preparaba mi viaje para conocer a su familia, cuando otra huelga me retuvo en Barajas. Entonces conocí a Alma, una jovencísima bióloga sueca. ¿Usted ha oído hablar del flechazo? Fue eso, exactamente. Me encontraba con Alma mucho menos de lo que lo había hecho con las otras, pero lo nuestro sí que era pasión, sobre todo en vacaciones. Precisamente unas vacaciones interrumpió un encuentro con Alma una de esas dichosas huelgas, y ella debió de conocer a alguien más interesante que yo mientras esperaba, el caso es que cuando nos vimos me dijo que lo nuestro quedaba cancelado. Estuve sin novia una temporada, pero otra huelga me hizo pasar unas cuantas horas en el bar con una gallega de nombre Margariña. Mi corazón se enamoró otra vez, qué quiere que le diga, y mi viaje de hoy es para buscar piso, porque estoy pensando en trasladarme a Pontevedra y casarme con ella. Antes eran los dioses, hoy son esos pilotos. Cambia la cara, pero siguen siendo las manos del destino. Menos mal que la espera se hace muy agradable, y hasta se agradece, cuando uno tiene la suerte de conocer a una mujer tan guapa y tan simpática como usted.

José María Merino

La habitación la fotografió elinar.

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