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La realidad y un deseo

viernes, 5 de marzo de 2010
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Los hombres buenos no deberían morir.

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Latidos

sábado, 2 de mayo de 2009

No voy a ocultar que soy una persona que atribuye a los símbolos un profundo valor.

Porque, si lo piensas por un momento, no manejamos símbolos sino que somos símbolos. En el sentido más amplio, hacemos un símbolo de aquello a lo que queremos darle un sentido, y nos apropiamos de él. Eso es así porque los símbolos son la proyección en nuestra mente de la realidad-ahí-fuera y de nuestra propia realidad-ahí-dentro, y si no creamos un símbolo para algo, ese algo queda a la sombra de lo incomprensible.

Símbolos son nuestros nombres, las palabras, los colgantes, nuestros gestos, nuestros ritos, nuestra firma, nuestra palabra, nuestras promesas. Llenamos nuestras vidas de símbolos para comunicarnos, para recordarnos, para comprendernos, para unirnos, para separarnos, para humanizarnos, para avanzar. Llenamos nuestra vida de símbolos para entender y entendernos.

DSC_0584 Hace algo más de un mes, compré un reloj en el ubicuo Ikea. Los relojes son símbolos muy importantes para mí, porque representan mi tiempo y el tiempo de los demás. No puedo salir de mi casa sin mi reloj de muñeca y no sentir que voy desnudo. Y si se me olvida, puedo resultar muuuuy pesado, preguntando la hora cada minuto a todo el que tengo al lado.

También son símbolos muy prácticos: te indican la hora, te avisan de que has alcanzado cierto momento del día y sólo tienes que cambiarles la pila cada dos años más o menos… excepto el que me compré. A este hay que darle cuerda, hay que alimentarlo con giros de energía cinética, cargando sus baterías de energía elástica. Os aseguro que después de una semana de verle morir cada dos días, desacostumbrado como estaba a causa de los modernos relojes con entrañas de cuarzo, me tiraba de los pelos. ¿Otra vez tengo que ponerlo en hora? Faltó poco para asumir la pérdida, y sustituirlo por otro que no necesitara tanta atención. Muy poco.

Sin embargo, con el tiempo (no deja de ser irónico), este reloj en particular ha acompañado mis mañanas con un latido tictac tictac al que le he atribuido una tremenda responsabilidad. Ese latido es el latido de mi casa, de mi hogar en realidad. Y así, el reloj es el símbolo de su corazón. Y no puedo dejar que se pare. Ahora no me importa darle cuerda: al contrario, es uno de los pequeños ritos de todas las mañanas. Rik, rik, rik, rik, rik… ¡A marchar!

¿Será vivir elegir qué símbolos queremos hacer nuestros para ver las cosas como queremos verlas? Tremenda responsabilidad…

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