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Matatus

lunes, 3 de agosto de 2009

La forma más barata de moverse por Kenia, y en particular entre Karen y todo Nairobi, es utilizar los matatus, algo parecido a un taxi compartido, pero en vez de ser un coche es una furgoneta para más o menos 14 personas. Otras formas de moverse son los city hoppa, autobuses algo más pequeños que los nuestros, y los taxis, pero ambos medios de transporte son más caros. Un viaje en matatu te puede costar entre 10 y 50 schellings (chelines kenianos), lo que viene a ser entre 1 y 5 céntimos de euro, mientras que un city hoppa te cuesta unos 70 u 80 schellings. Un taxi es el más caro. Un viaje de unos 15 minutos puede costarte 700 u 800 schellings.

El nombre de matatu parece que proviene de “ma tatu”, que en swahili significa “por tres”. En tiempos coloniales, el precio de un viaje era de tres schellings, así que podías viajar “ma tatu schellings”.

Además de los 14 pasajeros (por lo visto es el máximo admitido, después de que el gobierno regulara el sector de los matatus allá por el 2004), lógicamente va el conductor y el revisor, por llamarle de alguna forma vistosa. Las funciones del revisor son varias. La primera es recolectar el dinero una vez que estás dentro del matatu. Eso es algo que me descolocó un poco, porque esperaba pagar al entrar, pero no, tú los paras, entras por la puerta lateral y cuando llevas unos minutos de viaje, el revisor recolecta el dinero. La segunda de sus funciones es recoger y dejar viajeros. Normalmente se cuelga de la puerta que os decía, o si no, va sentado mirando por la ventana a ver si alguien quiere subir, o si no quiere subir, invitarle a hacerlo. Como es lógico, se sienta en el sitio más cercano a la puerta, así que si el asiento está ocupado se te sienta encima: toda una experiencia 🙂 No hay paradas, así que la gente simplemente espera en cualquier sitio de la ruta a que pase uno que le venga bien para subirse en él. Para bajar, basta con que avises al revisor, que dará un golpe en la ventanilla con una moneda para que el conductor sepa que tiene que parar. Y ¡hala, ya has llegado! 😛

El precio del viaje depende fundamentalmente de dos factores. Uno es la hora del día. Es más caro si te montas en hora punta, lo cuál parece razonable. El otro factor es el color de la piel, si eres mzungu o no, es decir, si eres blanco (en plural, wazungu). Como lo del color de la piel salta a la vista (da igual todo lo morena que esté), tirarán por lo alto, unos 50 schellings o así. No te cortes y no hagas como yo, que comparo lo que le voy a pagar con el precio de lo que se paga en España y siempre me parece irrisorio. Negocia. Un precio justo en una hora que no sea punta puede estar entre 10 y 30 schillings. Sister Little, que es una máquina en eso de negociar (llegó a pagar 20 schellings en un city hoppa) nos dio una primera lección de cómo tomarlos y negociar el precio ¡Aleluya!

Un matatu aparcado Fíjate que empecé diciendo que es el medio más barato para moverse en Kenia, pero desde luego no es el más cómodo. Si eres alto, tendrás un problema con los asientos de atrás, porque te estarás dando golpes con el techo (las carreteras tienen un montón de baches y… ¡algunos agujeros!). Luego, imagínate a catorce personas metidas en una furgoneta como esa que ves a la derecha, apretados. Apenas hay 30 centímetros entre la primera fila de asientos y las otras dos, y tienes que salir por ahí. También hay que vigilar la cabeza cuando sales, porque es fácil darte con el borde. Y bueno, reza para que no te toque alguien más gordo que tú… En fin… 🙂

Los dueños de los matatus saben que lo mejor para captar clientes es hacer que sus furgos sean más llamativas que el resto. Los encontraréis decorados con imágenes de cantantes famosos, clubes de fútbol (hay uno en la línea 111 que está dedicado al Barcelona F. C.), raperos o directamente Jesús (“If it’s not Jesus, it’s nobody”). Muchos de ellos llevan luces en el interior, de esas de leds, y unos equipos de sonido que aturden (yo todavía no he montado en ninguno de esos, habrá que probar). Hay matatus para todos, así que los mayores prefieren matatus más formales mientras que los jóvenes prefieren montar en los más cañeros. Toda una clase de tuning.

La verdad es que al principio corta un poco, porque los wazungu no solemos montar en ellos, y todos se quedan mirando alucinados, preguntándose por qué no vamos en taxi. Pero una vez que te acostumbras, es una manera rápida, barata (y relativamente cómoda) de moverte por este país de contrastes.

¡Tatuonana!

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Moverse por Kenia

miércoles, 29 de julio de 2009

Una de las primeras cosas que me llamó la atención sobre Kenia, o al menos sobre Nairobi, fueron sus carreteras. No se parecen en nada a las que tenemos allí en España, excepto que están hechas de asfalto, cuando existe. Algunas de las carreteras que hemos tomado son simplemente pistas de tierra, una tierra roja que, ahora que estamos en época seca, se levanta en forma de polvo y lo tiñe todo de un color arcilloso: los zapatos, las plantas, los coches, incluso los ordenadores que tengo ahora mismo a mi lado tienen ese polvillo rojo pegado.

La carretera de Karen a Nyumbani La mayor parte de las carreteras no tienen líneas de separación. El centro de Nairobi sí que suele tenerlas, pero si te mueves por los alrededores, como es nuestro caso en Karen, las líneas brillan por su ausencia. Tampoco encontrarás señales, o muy pocas. Olvídate de encontrar un enorme panel que te avise de que la próxima salida te llevará al centro de Nairobi, o qué carretera te encontrarás para ir a Mombasa. Las señales que no faltan son las que avisan de la proximidad de algún colegio, acompañadas de los correspondientes badenes.

Además de los coches, los matatus (una especie de autobuses para un máximo de 14 personas de los que hablaré en breve), los autobuses o city hoppas, y los camiones, de los que encuentras un montón llevando agua y petróleo de aquí para allá, también ves gente tirando de carros, bicicletas, motos y peatones. La primera sensación es que aquello es un caos, sobre todo por la mañana, cuando es hora punta como en cualquier otro sitio. Todos los conductores hacen por colarse por el más pequeño atisbo de paso, interrumpiéndose unos a otros, frenando constantemente o parando para dejar cruzar a un peatón que se encuentra en mitad de la carretera. Ante un atasco, como no hay líneas que separen los carriles, los coches que ven que pueden ir por el mismo centro de la vía lo harán. Las rotondas son todo un espectáculo.

Si esa es la primera sensación, la primera reflexión es que debe haber un montón de accidentes. Y sin embargo, en los quince días que llevo aquí, sólo he visto uno, un ciclista que se cayó de su bicicleta sin ningún percance ni herida. La única explicación que veo es que, de alguna forma, todos se organizan según algún tipo de normas tácitas que todos cumplen. La paciencia que muestran ante todo tipo de irregularidades es en mi opinión una útil herramienta aquí, donde si te ven acelerado o con prisas (esas que sufrimos en Madrid) te recuerdan: pole pole (“poco a poco”, “con calma”, “despacio”).

Por cierto, no os olvidéis de que aquí, por la influencia que los colonizadores británicos dejaron, conducen por la izquierda, así que ¡hay que mirar primero a la derecha y luego a la izquierda! Yo todavía no me he acostumbrado, pero ya he comprobado que no es muy arriesgado ir cruzando poco a poco, siempre que no hagas movimientos bruscos 😉

¡Tatuonana!

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