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Lo que comemos

sábado, 1 de agosto de 2009

Como os podéis imaginar, los recursos aquí son limitados si lo comparamos con las opciones que hay en Madrid. Aunque tengo un supermercado cerca (todo un lujo, gracias a la zona en la que está instalado el orfanato), intento adecuarme a la dieta que nos ofrecen aquí, que resulta ser muy sencilla. Tanto la comida como la cena se basan en los mismos platos.

Judías pintas, maíz y un poco de sukuma wiki. ¡Este estaba bueno! Un componente fundamental de la dieta keniana es el ugali, una masa de maíz y agua que aporta hidratos de carbono, y que viene a ser lo que el pan es a nuestras comidas. Muchos kenianos lo utilizan como cuchara. Primero forman una especie de bolo pequeño, luego presionan el centro para hacer un hueco, y luego recogen la comida con la mano ayudándose de esta “cuchara de ugali”. Nosotros tenemos cucharas de plástico, así que mezclamos el ugali con lo que toque. Los occidentales normalmente lo encontramos muy insípido, así que tenemos un bote de sal para darle un poco de sabor. Los kenianos sin embargo se asombran de que no lo encontremos sabroso. El caso es que la comida keniana, en general, no suele ser muy salada.

El alimento que no falta nunca es el arroz, arroz blanco como el que comemos nosotros y del que no hay mucho más que decir, excepto quizá que es lo que más come la gente a la que no le gusta el ugali (por ejemplo, a la mayoría de los españoles de Nyumbani 😉 ).

Belén y Letty limpiando las judias Para completar los platos, lo habitual es encontrarse legumbres (por ejemplo, judías pintas similares a las nuestras, aunque con una cresta blanca, o lentejas, más pequeñas y gorditas que las españolas) y el vegetal que resulta ser otro elemento fundamental de la dieta keniana y que se llama kale, con el que hacen un guiso llamado sukuma wiki (que según el cocinero del lugar significa “push for a week”, o aguantar durante una semana). Las excepciones a esta dieta son algunas piezas de pollo muy de vez en cuando, y algún guiso de patatas con algo de carne, que creo que es de cordero. La fruta es inexistente (debemos comprarla de vez en cuando). El alimento que sí ha causado sensación en la comunidad española de Nyumbani ha sido el chapati, una torta de maíz usada de manera similar a las tortitas mexicanas y qué está bien rica mezclada con el guiso de carne que os decía.

No he dicho nada de los desayunos, pero no tienen nada de especial (té masala, pan y mantequilla), excepto por una especie de buñuelos grandes que hacen aquí y que se llaman mandazi. Están riquísimos si los abres por la mitad y les pones mantequilla y azúcar.

¡Ah, bueno, y se me olvidaba! El otro día descubrimos que aquí tienen una máquina para hacer azúcar a partir de caña de azúcar. Preguntamos en la cocina si sería posible probarla, y con un machete pelaron una caña y la cortaron en tres trozos. ¡Estaba deliciosa! De hecho, para mucha gente aquí son como los dulces para nosotros, y puedes verlos comiéndolos por la calle. Lo único malo es que una vez que han terminado, lo escupen, así que es normal ver en algunas zonas el resultado de su degustación…

¡Que aproveche! ¡Tatuonana!

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El primer día de trabajo

lunes, 20 de julio de 2009

En estos días que han pasado, desde que llegamos el pasado jueves por la mañana, nos hemos ido haciendo con el lugar, la gente y el ritmo de aquí. Han sido cuatro días muy intensos, tan intensos que parece que llevamos aquí ya un mes, y todavía nos quedan casi dos.

Ya hemos conocido a muchos de los que trabajan aquí, y como no, a los niños. Con la excepción de algún chavalín, que parece tener una apariencia de chico serio, todos los demás gastan una tremenda sonrisa todo el día. Los hay volcánicos, terremóticos, y de todo, pero todos muy cariñosos. Ayer pasaron un mal rato, porque los voluntarios estadounidenses que andaban por aquí se volvían a Estados Unidos, y hubo algunos pequeños dramas. Pero bueno, saben que volverán el año que viene, así que ahí quedó todo.

Pero parece que el periodo de adaptación ha terminado, y hoy por fin hemos empezado a trabajar. El ritmo es estricto. Nos levantamos alrededor de las seis y media para tomar el desayuno a las siete (té o café, con alguna rebanada de pan o una especie de pestiños pero más blandos), tenemos la reunión de empleados a las ocho, en la que se organiza (creo) un poco el trabajo que se va a desarrollar (creo porque a la de hoy hemos llegado tarde, ¡oops!), y realizamos nuestras tareas hasta la una, en la que se sirve la comida. El trabajo empieza de nuevo a las tres, y termina a las cinco. De cinco a siete preparamos las lecciones que daremos durante el programa de verano (que empieza el próximo 1 de agosto y termina el 6 de septiembre.

Hoy sin embargo ha habido algunas excepciones. La primera de ellas es que nos hemos ido con Pasqual (el administrador de la red, algún día os hablaré de él, porque es mi jefe) a Nairobi, para comprar algunos componentes. La segunda ha sido una celebración. Por la tarde, a las cuatro, hemos celebrado los cumpleaños del personal. Estos cumpleaños se celebran una vez cada mes, para todas las personas que cumplen en él. La tarta riquísima y ¡tadá! helado de vainilla, toda una sorpresa.

A las siete cenamos (a esta hora, aquí en Kenia, es ya noche cerrada). Hoy nos ha tocado una especie de guiso de patatas con chapati, unas tortas de maíz, un tanto gruesas, que utilizan de manera parecida a los mexicanos. Luego, hemos estado repartidos por ahí en las casas de los chavales, echándoles una mano a ellos y a su mummy con sus deberes. En mi caso, me ha tocado lección de inglés (leer y eso). Algunos chavales leen relativamente bien y rápido. A otros les cuesta más y hay que echarles una mano.

Así que ahora, en cuanto termine esto, voy a caer en la cama como un saco de patatas, porque además mañana nos levantaremos a las 5:30 (ocho horitas, vamos) para despedir a los chicos en su salida al colegio.

¡Tatuoanana!

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