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Fin de semana

viernes, 19 de febrero de 2010
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Este pasado fin de semana, el último que he tenido enteramente para mí, ha sido de lo más movido. He parado en boxes lo justo para el cambio de vestimenta, picar algo y pensar poco. Pero ha merecido la pena. Comí con mi madre y, como es costumbre, arreglé alguna cosilla aquí y allá. Como premio, me subió en la máquina del tiempo y retrocedí veinticuatro años para verme de nuevo en súper-8. Me di cuenta de todo lo que ha sucedido desde entonces, todo el camino recorrido desde aquellos momentos hasta ahora, y todos los otros caminos que dejé sin recorrer. No tenía razón el que dijo que cada persona debería tener dos vidas. Debería tener muchas más que dos.

La tarde vino de la mano de mi hermana y mi cuñado, que me invitaron a su casa para merendar. De la mano también venía una sorpresa: resulta que Koby se había pasado por allí. Entre charla, fotos, café lisboeta y jamón del rico se pasó, hasta que desembarcamos en la noche, y aprovechamos para hacerle una visita a Juan Luis Fnac y tapear un poco por allá. Unos más que otros, todos estábamos más bien cansados.

Además, era necesario dormirse pronto, porque tenía apalabrado un desayuno a las 9:30 del domingo, y hubiera sido una falta de educación haber llegado tarde a la casa de Miriam y Arol. Aquí, también, los tres tomamos la máquina del tiempo, pero en dirección al futuro, porque estuvimos desayunando, exactamente, ¡cuatro horas! y se nos pasó en nada. Como suele ocurrir, arreglamos el mundo y de paso, que eso de desfacer los entuertos mundanos es asaz cansado, tomé un riquísimo té y un croissant mixto que estaba tremendo. Pero lo que sí me dejó noqueado durante unos momentos fue un regalo. Y un regalo muy especial. Sabedores de mi gusto por la gastronomía, de mi afición a la fotografía y de mi pasado viaje, me regalaron un libro con muchos significados. Este:

lacocinadelarcoiris

Está lleno de buenas fotos y mejores recetas, y lo mejor de todo es que muchas de ellas tienen ingredientes bien fáciles de encontrar. Eso sí: pasar sus páginas es recorrer de nuevo la camino de la memoria, volver por un momento a pisar esa peculiar tierra roja, a profundizar en esa conexión africana que va madurando. Desde aquí, de nuevo muchas gracias.

Fue una pena que ese fin de semana terminara, pero no lo pudo hacer con mejor broche que quedar con Alfonso y Cristina, y los dos peques, para ponernos al día y encontrar la tranquilidad en la risa de un niño (y no en el sitio en el que estábamos, a tope de otros pequeños individuos gritones y cascabeleros). Quizá no exista mejor manera de conectar de nuevo con nuestro pequeño yo que mirando el inocente jugueteo de los niños.

Me encantan los fines de semana sociales 1.0 🙂

familia, un amigo es un tesoro , , , , , , , ,

Karen

sábado, 15 de agosto de 2009

Dicen por ahí que la ciudad donde vivimos (ciudad o barrio de Nairobi, todavía no me queda muy claro) se llama Karen por el nombre de una de las hijas de un famoso productor de café. El clima ecuatorial, basado en dos estaciones, una seca y otra de lluvias, junto con la altura a la nos encontramos, unos 2000 metros, proporcionan un entorno excepcional para el cultivo de la planta que levanta a medio mundo por las mañanas. No sin razón, Kenia es uno de los productores de café más importantes.

Otros, la gran mayoría, piensan que el nombre de Karen le fue dado después de que viviera por la zona un personaje que todos conoceréis: Karen Blixen. ¿No os suena? ¿Y si os digo que firmaba sus libros como Isak Dinesen, entre otros seudónimos? Efectivamente, Karen Blixen es la autora del libro autobiográfico que tituló Den afrikanske Farm, y que fue el origen de la película Out of Africa (Memorias de África en España), interpretada por Meryl Streep y Robert Redford.

El caso es que la Casa Museo de Karen Blixen está muy cerca de Nyumbani. Algunos dicen que Nyumbani fue precisamente una de sus plantaciones de café, pero no lo tenemos confirmado. Aunque no es un destino turístico muy conocido, y habíamos oído críticas tanto buenas como malas, hace unos días decidimos visitarla. No hay ningún matatu que lleve cerca, así que nos decantamos por coger un taxi. Además, nos recomendaron hacerlo de esa forma, porque últimamente ha aumentado el número de robos en la zona y tampoco es cuestión de ponérselo fácil.

La habitación del marido de Karen Blixen, un robado no muy bien hecho.Para qué engañaros, la visita a la casa resultó ser un poco decepcionante. Para empezar, el precio si eres mzungu es ocho veces superior al precio que paga un residente en el país: 800 shillings, unos 8 euros, lo que es una pasta. Luego, no se debe fotografiar el interior de la casa, de una sola planta y no muy grande. No se debe, pero se puede. Lo bueno es que en el precio está incluido un guía.

Y para terminar, los objetos que puedes ver allí no son todo lo originales que a uno le gustaría. Durante el recorrido por la casa, la mayor parte de los que vimos fueron dejados allí por el equipo de la película, y utilizados para su rodaje. Solo unos pocos son de la época. De ellos, recuerdo que me llamaron la atención dos faroles, uno de luz verde y otra de luz roja, que la dueña utilizaba para indicar a su amante si podía o no entrar en la casa.

Lo que sí mereció la pena fue pasear por el inmenso jardín que rodea la casa. Tiene algunos bancos aquí y allá, cerca de árboles no muy altos bajo los que me imaginé estar leyendo algún libro (quizá Memorias de África, quién sabe), mirando a lo lejos los cinco montes de las Ngong Hills.

DSC02306

Protegiendo el jardín, un ejército de árboles altísimos lo rodea. Hacia el oeste de la finca, estos árboles forman además un pequeño bosque que oculta una instalación tostadora de café de la época. El final de la visita fue lo mejor. Recordaré con especial cariño la hora casi completa que estuvimos disfrutando, sentados sobre la alfombra verde, de un atardecer africano, compartiendo a la vez silencios, pensamientos, alguna que otra fotografía y muchas risas.

En resumen, si eres un apasionado de la vida de Karen Blixen, o te encantó la película, no te puedes perder este museo. Si te gustan los jardines, puedes ahorrarte el dinero, colarte (no te será difícil hacerlo) y pasear por ellos. Pero por favor, no te los pierdas.

KarenBlixenMuseum1KarenBlixenMuseum2

Por cierto, el nombre de los cinco montes de las Ngong Hills tiene su sentido, porque ngong en swahili significa… nudillo. ¿A que ahora la foto parece otra cosa? 🙂

¡Tatuonana!

nyumbani , , , , ,