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Inspirations

sábado, 25 de febrero de 2012

Estoy sorprendido, extasiado. Si pudierais verme, podríais comprobar que una amplía sonrisa lucha por salir de entre las comisuras de mis labios. Y es que no podría ser de otra forma ante un trabajo excepcional, realizado por Cristóval Vila, y titulado “Inspirations”, sobre una personal visión de lo que podría haber sido el estudio de Maurits Cornelis Escher.

Vila aprovecha esa visión para incluir, unas veces explícita y otras implícitamente, los elementos artísticos y matemáticos que hubieran podido inspirar al conocido artista holandés. ¿Cuáles? Os propongo un juego. Disfrutad del vídeo, y atended a los detalles para descubrir esos elementos. ¿Cuántos podéis reconocer? Luego os cuento en los comentarios los que yo he encontrado, y una pista para encontrar más aún.

(sugerencia: ponlo a pantalla completa, sube un poco los altavoces, y acomódate bien donde estés sentado).

INSPIRATIONS from Cristóbal Vila on Vimeo.

¿Qué tal? ¿Seguro que no quieres volver a verlo? 🙂 Yo todavía no me he cansado de pasarlo de nuevo y disfrutar de los detalles. Y el caso es que encontraba muchos parecidos con un vídeo que vi hace tiempo, acerca de lo sorprendentemente enhebrada que la matemática parece estar en el tejido de la naturaleza. Se llamaba “Nature by numbers” y su autor era… Cristóbal Vila, claro. Yo he querido ver entre los dos un vínculo entre los dos, matemático: el número phi (o razón áurea, o razón dorada, o divina proporción). ¿Podéis imaginar dónde?

Os dejo con él:

Nature by Numbers from Cristóbal Vila on Vimeo.

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Las dos caras en la obra de Antonio López

lunes, 5 de septiembre de 2011
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Encontrarás calles vacías, estáticas, iluminadas con los colores cálidos del atardecer, o con la luz brillante de un amanecer, y te sorprenderá con una sobrecogedora capacidad para hacernos creer que estamos viendo una foto: instantes eternos en la vida diaria de las calles de una ciudad como Madrid. Pero encontrarás eso: calles vacías, desiertas, sin el palpitar vibrante de sus habitantes.

Verás expresiones apenas humanas en sus bustos, esculturas y relieves, con miradas que terminan en el infinito, como las de aquel hombre y aquella mujer, cercanos por el lugar que ocupan, pero solos, solitarios, abandonados el uno del otro, desconocedores por siempre de la magia que surgiría si fueran capaces de girar sus cabezas de madera y cruzar sus ojos.

O la mirada del hombre yacente que parece haber perdido la vida en ese mismo instante, una figura en la que, inevitablemente, te encontrarás a ti mismo. Buscarás con tu mirada la mirada del busto dorado de su mujer, con los ojos ausentes y helados, fijos en algún lugar más allá de su propio tiempo, pero no la hallarás. Ninguna de esas miradas te devolverán su brillo.

Todo ello me llevó a pensar, o yo mismo lo hice, quién sabe, que la pintura y la escultura de Antonio López ocultan, tras una más que evidente técnica realista (rechazo de plano el término hiperrealista, pues no hay nada más real que lo real mismo) y una ubicua obsesión por el detalle, un arte frío y mortecino, triste y descarnado, sobrio y seco, quizá como los campos de la tierra manchega que lo vio nacer… Salí de la exposición confundido, turbado, con sensaciones y emociones mezcladas, como un ovillo en las patas juguetonas de un gato…

Y sin embargo…

Con Fernando Savater aprendí que la vida y la muerte, esas dos caras de las que olvidamos que pertenecen a la misma moneda, y de tal forma que es imposible definir o hacer referencia a una sin acabar inevitablemente tornando esa moneda y viendo la otra, decía que aprendí que cuando meditas sobre el hecho de estar vivo, te deslizas irremediablemente hacia la negra conclusión de que algún día has de morir; un camino que por fortuna, eso sí, también se recorre en el sentido contrario, pues no es posible pensar en tu esencia mortal sin recibir súbitamente el empuje y la fuerza que proporciona la sensación de estar completa y felizmente vivo.

Quiero pensar entonces que el mensaje de López es un mensaje optimista, expansivo, creador, vital en definitiva, que nos conduce por la vía de lo opuesto a nuestro verdadero destino, un mensaje que nos recuerda insistentemente que nuestro tiempo aquí tiene un límite, que debemos aprovechar cada segundo como si fuera el último, que nuestro espacio sólo tiene sentido por la corriente vital que lo atraviesa, que si queremos ocultarnos nuestro final, tapando nuestros ojos como hacíamos de niños para escondernos de los demás, y no lo tenemos presente, sólo conseguiremos desvirtuar y pervertir el sentido real de nuestra propia vida.

Y si no es así, así lo decido yo.

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Belleza

martes, 30 de noviembre de 2010

Parece inevitable pensar en la idea de belleza y no pensar en una flor, en una mujer (o un hombre, vosotros, queridos lectores, decidís), o en un cuadro de Velázquez o Vermeer. De hecho, no piensas en ello. Simplemente la ves en tu mente, y después de verla, una agradable pero sutil sensación de satisfacción remueve tu fondo. Si la sensación no es sutil o agradable, ten cuidado porque estás sufriendo el síndrome de Stendhal.

Más difícil es que a alguien se le venga a la cabeza, así de primeras, un edificio, un puente o un coche. Es un segundo paso, si piensas primero en un edificio, un puente o un coche, inmediatamente lo evalúas en términos de más o menos bello. Hablarás de la suavidad de sus líneas, las simetrías que muestra, los colores, la cuidadosa combinación de los elementos que conforman su estructura…

Y llegamos al tercer nivel. El conjunto de aquellas cosas que no consideramos bellas, o que directamente no consideramos. ¿Alguna vez escuchó alguien de boca de un matemático aquello de la “belleza de la demostración de un teorema”? Es difícil visualizar algo así, sobre todo si no te gustan las matemáticas. Pero existe. Como si de una obra de teatro se tratara, hay finales demoledores, toda una trama que nos dirige a ellos, cambios bruscos, confluencia de argumentos, contradicciones que se tornan útiles y algún punto de genialidad. Y al final, una vez que la demostración ha terminado, y quedas sentado en la platea, te das cuenta de que la historia era mucho más sencilla de lo que parecía mientras la recorrías.

Abstract Grid Structure, por Toby Horne Shepherd No soy matemático, pero me gustaría reivindicar el derecho a usar el concepto de belleza a lo que es mi pasión: el diseño e implementación de sistemas software. Un programa, un sistema software, pertenece a la categoría de “¿bello? ¿estás loco o qué?”. Ignoro si poseen belleza por sí mismos, o porque son dignos hijos de sus madres, la Lógica y la Matemática. No me importa. Pero lo que sí puedo afirmar sin ningún género de duda es que la belleza existe en ellos. Se aprecia en la manera en la que los distintos componentes que la integran se enlazan y relacionan, en la manera en la que un concepto se repite de una estructura a otra, con las mínimas variaciones necesarias, en la simplicidad que destilan sus estructuras o en lo genial del uso de una determinada representación. Impacta la elección de una determinada manera de concretar en líneas de código un concepto intangible.

Escribir no significa necesariamente crear, y mucho menos significa crear algo bello. Cuando el artista crea por medio de la palabra, se deja en el papel y la tinta su piel y su sangre, lo más profundo que de ello tiene. Y así, programar y tirar líneas de código no significa crear, y mucho menos significa crear algo bello. Sé que aquí me tacharán de hereje: el diseño y la programación del software tiene mucho de creación artística, mucho de literatura. Pero para hacer surgir la belleza, debes dejarte, entre las líneas de código que forman la historia, a ti mismo.

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