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Lea Toto

domingo, 9 de agosto de 2009
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Rose tiene veinte años. Desde que se casó, con trece años, su marido y ella han tenido tres hijos. Sophie, la más pequeña, tendrá unos tres años. Es una niña seria, que mira atenta todo cuanto le rodea, con unos enormes ojos negros, sobre todo si lo que le rodea son tres wazungus.

El marido de Rose trabaja fabricando muebles pequeños, estanterías y cosas así. Su trabajo supone el único ingreso de la familia. Desgraciadamente, ahora se encuentra en el hospital, porque tiene tuberculosis y neumonía, y le acaban de detectar una infección urinaria que hace que orine sangre. Cada vez con menos dinero, Rose ve cada día que pasa que será más difícil pagar el agua, la luz, y el alquiler de la chabola que tiene en Kibera, el barrio de chabolas (o slum, en inglés) más grande de toda África. El alquiler de la chabola, algo que me dejo tremendamente sorprendido, les supone mil chelines al mes, unos diez euros.

Kibera En Kibera viven cerca de un millón de personas, según las últimas estimaciones, lo que representa algo más del veinticinco por ciento de toda la población de Nairobi. La densidad de población también es espectacular, dos mil personas por hectárea. En casa de Rose viven siete personas en alrededor de ocho metros cuadrados. Aunque dadas las circunstancias, las casas están tremendamente limpias comparado con lo que te puedes encontrar por las calles. Ellos mismos van lo más limpios que pueden.

CalleDeKibera Andar por las calles es una experiencia contradictoria. Como es de suponer, las calles son de tierra, pero a los lados se acumula la basura, y ella misma va formando parte del terreno. Para deshacerse de ella, la acumulan y la queman, lo que da a todo Kibera un olor muy particular, que se mezcla con el del agua estancada, el pescado seco o la carne expuesta, cruda, en algunos de los puestos que te encuentras. Y hemos tenido suerte visitando el slum en la época seca. No quiero ni pensar cómo debe ser la vida allí con la dificultad añadida de encontrarse todas las calles embarradas, y el agua contaminada recorriéndolas.

En esta situación sanitaria, es normal que la gente enferme muy a menudo, a pesar de que sus habitantes hacen todo lo posible para mantener limpias sus casas y mantenerse limpios ellos mismos. Durante nuestra visita, vimos muchísima ropa tendida, y muchísima mujer lavando, a mano por supuesto. Pero eso no evita que las gallinas picoteen entre la basura, o beban el agua sucia que circula por entre las casas. También es posible que te encuentres a un niño jugando con ella. Es por todo ello que las enfermedades más habituales son la tuberculosis, la hepatitis, y como no, el VIH y su síndrome, el sida.

DSC02342 Para ayudar en lo posible a toda esta gente, la COGRI (Children of God Relief Institute), la organización de la que dependen el orfanato en el que trabajo, elaboró y llevó a cabo un proyecto denominado Lea Toto (Criar Un Niño, en swahili). Dicho proyecto es una extensión de las ideas que dieron origen a Nyumbani Home, pero con un modelo distinto. En vez de recoger niños y acogerlos, el proyecto está basado en un modelo de atención basada en el hogar (o HBC, Home-Based Care), según el cual cuidadores más o menos formados visitan a las familias para estudiar sus necesidades y atenderlas con los recursos disponibles. Las necesidades atendidas son de carácter médico-sanitario, alimenticio, psicológico y emocional. El personal del proyecto, médicos, enfermeros, trabajadores sociales, visitadores (o caregivers), etc., trabajan en distintos slums, en unas instalaciones conocidas como stations. A dichas estaciones, de las que hay seis o siete (Kibera, Kawangware, Kangemi, Kariobangi, Dandora…), acuden las personas que lo necesitan en busca de medicinas (fundamentalmente, antirretrovirales para el VIH), alimentos (maíz, aceite…) o consejo. Jorge, uno de los miembros del Spanish Team, está realizando una investigación de campo para conocer más sobre una de las tareas que sirven para ayudar económicamente a las familias, la fabricación y venta de artesanía (de la que ya habéis visto una pequeñísima muestra), de forma que sea posible elaborar una especie de plan financiero con el que dar salida a dichos productos. Por su parte, Idoia realiza visitas diarias a las distintas chabolas, y es la primera caregiver española. Toda una responsabilidad.

Podéis ver el resto de las fotos de nuestra visita a Kibera en este álbum de Flickr (no todas son agradables, pero es la realidad que ellos viven cada día).

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Qué le vamos a hacer

sábado, 8 de agosto de 2009
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Árboles en el jardín de Karen Blixen Y ahora,
con el alma vacía como tantas
veces,
contemplo el lento paso de los días
que me empujan no sé hacia qué destino
oscuro, presentido
ya sin curiosidad. Es aburrido
saber y no saber, equivocarse
y acertar. También estar seguro
es tan insoportable en muchos casos
como dudar, como ceder, como desmoronarse.

Seguro, a salvo, ahora
que ya pasó el dolor,
observo la zozobra lo mismo que una estela
fundida a mis espaldas
con el espeso limo
de los sucesos cotidianos, dados
-antes de ser recuerdos- al olvido.
La indiferencia ante la propia suerte
no es mejor compañera que la angustia,
ni mi sonrisa
(cuando el azar nos pone,
                                          viejo amor,
                                                             frente a frente)
representa otra cosa que la ausencia
de algún gesto más justo
para significar la seca, dolorosa,
irreparable pérdida del llanto.

Qué le vamos a hacer
Tratado de Urbanismo (1967)
Ángel González

En esta fría y lluviosa mañana, mientras leía una antología de poemas de Ángel González, no he podido evitar compartir con vosotros estos desgarradores versos, que han arrancado más de una reflexión. Esos pensamientos, si me lo permitís, quedarán en mi blog interior.

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Swahili

viernes, 7 de agosto de 2009

Gracias a este blog, una de las primeras palabras que aprendí en swahili fue hodi o hodi hapa, con h ligeramente aspirada, que es la manera de pedir permiso para entrar en algún sitio (hapa significa aquí). Si te dejan entrar, que es lo normal, te contestarán con la misma palabra o con karibu (bienvenido). Una vez dentro, puedes preguntar habari o habari yako (¿qué tal?, ¿qué tal estás?). La respuesta habitual es muzuri (bien). Una vez dentro, también puedes decir jambo (hola). No te mosquees si la gente murmura y te señala, y a la vez les escuchas pronunciar la palabra mzungu (hombre blanco) o wazungu (hombres blancos). Aquí el distinto eres tú.

El ritmo de la vida aquí, como ya he comentado en alguna ocasión, es más lento que en España, por ejemplo. Ellos lo notan enseguida, y te dicen pole pole (con calma, tranquilo, sin prisas). Y es buen consejo, porque con las prisas casi seguro que fallas más a menudo. Puedes contestar pole (sólo una vez) para pedir perdón. Pero no te preocupes, hakuna matata (no pasa nada). Si te excusas, te dirán sawa o sawa sawa (vale, ok).

Para dar las gracias, no olvides decir asanté (gracias) o asanté sana (muchas gracias). Ellos te dirán karibu (de nada). El vocabulario básico no estaría completo si no supieras como decirles que sí (nyi) o no (hapana).

Y casi seguro que después de tu safari (viaje), aquí dejarás un rafiki (amigo).

¡Lala salama! (¡Que duemas bien!)

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Africanizándome

jueves, 6 de agosto de 2009

AfricanizandomeEl rojo, el negro y el verde son los colores de los símbolos kenianos (y de otros países africanos), junto con el color blanco, que representa la paz y la unidad. Otro grupo de colores representativos de África son el verde, el amarillo y el rojo. Todos ellos, el verde, el negro, el amarillo y el rojo, se denominan por ello colores panafricanos.

La pulsera ancha que llevo la hizo una abuela maasai, y la finita con los cuatro colores la han hecho las mujeres de Lea Toto, el programa de atención médica a niños enfermos en los slums (barrios de chabolas) de Nairobi.

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Matatus

lunes, 3 de agosto de 2009

La forma más barata de moverse por Kenia, y en particular entre Karen y todo Nairobi, es utilizar los matatus, algo parecido a un taxi compartido, pero en vez de ser un coche es una furgoneta para más o menos 14 personas. Otras formas de moverse son los city hoppa, autobuses algo más pequeños que los nuestros, y los taxis, pero ambos medios de transporte son más caros. Un viaje en matatu te puede costar entre 10 y 50 schellings (chelines kenianos), lo que viene a ser entre 1 y 5 céntimos de euro, mientras que un city hoppa te cuesta unos 70 u 80 schellings. Un taxi es el más caro. Un viaje de unos 15 minutos puede costarte 700 u 800 schellings.

El nombre de matatu parece que proviene de “ma tatu”, que en swahili significa “por tres”. En tiempos coloniales, el precio de un viaje era de tres schellings, así que podías viajar “ma tatu schellings”.

Además de los 14 pasajeros (por lo visto es el máximo admitido, después de que el gobierno regulara el sector de los matatus allá por el 2004), lógicamente va el conductor y el revisor, por llamarle de alguna forma vistosa. Las funciones del revisor son varias. La primera es recolectar el dinero una vez que estás dentro del matatu. Eso es algo que me descolocó un poco, porque esperaba pagar al entrar, pero no, tú los paras, entras por la puerta lateral y cuando llevas unos minutos de viaje, el revisor recolecta el dinero. La segunda de sus funciones es recoger y dejar viajeros. Normalmente se cuelga de la puerta que os decía, o si no, va sentado mirando por la ventana a ver si alguien quiere subir, o si no quiere subir, invitarle a hacerlo. Como es lógico, se sienta en el sitio más cercano a la puerta, así que si el asiento está ocupado se te sienta encima: toda una experiencia 🙂 No hay paradas, así que la gente simplemente espera en cualquier sitio de la ruta a que pase uno que le venga bien para subirse en él. Para bajar, basta con que avises al revisor, que dará un golpe en la ventanilla con una moneda para que el conductor sepa que tiene que parar. Y ¡hala, ya has llegado! 😛

El precio del viaje depende fundamentalmente de dos factores. Uno es la hora del día. Es más caro si te montas en hora punta, lo cuál parece razonable. El otro factor es el color de la piel, si eres mzungu o no, es decir, si eres blanco (en plural, wazungu). Como lo del color de la piel salta a la vista (da igual todo lo morena que esté), tirarán por lo alto, unos 50 schellings o así. No te cortes y no hagas como yo, que comparo lo que le voy a pagar con el precio de lo que se paga en España y siempre me parece irrisorio. Negocia. Un precio justo en una hora que no sea punta puede estar entre 10 y 30 schillings. Sister Little, que es una máquina en eso de negociar (llegó a pagar 20 schellings en un city hoppa) nos dio una primera lección de cómo tomarlos y negociar el precio ¡Aleluya!

Un matatu aparcado Fíjate que empecé diciendo que es el medio más barato para moverse en Kenia, pero desde luego no es el más cómodo. Si eres alto, tendrás un problema con los asientos de atrás, porque te estarás dando golpes con el techo (las carreteras tienen un montón de baches y… ¡algunos agujeros!). Luego, imagínate a catorce personas metidas en una furgoneta como esa que ves a la derecha, apretados. Apenas hay 30 centímetros entre la primera fila de asientos y las otras dos, y tienes que salir por ahí. También hay que vigilar la cabeza cuando sales, porque es fácil darte con el borde. Y bueno, reza para que no te toque alguien más gordo que tú… En fin… 🙂

Los dueños de los matatus saben que lo mejor para captar clientes es hacer que sus furgos sean más llamativas que el resto. Los encontraréis decorados con imágenes de cantantes famosos, clubes de fútbol (hay uno en la línea 111 que está dedicado al Barcelona F. C.), raperos o directamente Jesús (“If it’s not Jesus, it’s nobody”). Muchos de ellos llevan luces en el interior, de esas de leds, y unos equipos de sonido que aturden (yo todavía no he montado en ninguno de esos, habrá que probar). Hay matatus para todos, así que los mayores prefieren matatus más formales mientras que los jóvenes prefieren montar en los más cañeros. Toda una clase de tuning.

La verdad es que al principio corta un poco, porque los wazungu no solemos montar en ellos, y todos se quedan mirando alucinados, preguntándose por qué no vamos en taxi. Pero una vez que te acostumbras, es una manera rápida, barata (y relativamente cómoda) de moverte por este país de contrastes.

¡Tatuonana!

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Lo que comemos

sábado, 1 de agosto de 2009

Como os podéis imaginar, los recursos aquí son limitados si lo comparamos con las opciones que hay en Madrid. Aunque tengo un supermercado cerca (todo un lujo, gracias a la zona en la que está instalado el orfanato), intento adecuarme a la dieta que nos ofrecen aquí, que resulta ser muy sencilla. Tanto la comida como la cena se basan en los mismos platos.

Judías pintas, maíz y un poco de sukuma wiki. ¡Este estaba bueno! Un componente fundamental de la dieta keniana es el ugali, una masa de maíz y agua que aporta hidratos de carbono, y que viene a ser lo que el pan es a nuestras comidas. Muchos kenianos lo utilizan como cuchara. Primero forman una especie de bolo pequeño, luego presionan el centro para hacer un hueco, y luego recogen la comida con la mano ayudándose de esta “cuchara de ugali”. Nosotros tenemos cucharas de plástico, así que mezclamos el ugali con lo que toque. Los occidentales normalmente lo encontramos muy insípido, así que tenemos un bote de sal para darle un poco de sabor. Los kenianos sin embargo se asombran de que no lo encontremos sabroso. El caso es que la comida keniana, en general, no suele ser muy salada.

El alimento que no falta nunca es el arroz, arroz blanco como el que comemos nosotros y del que no hay mucho más que decir, excepto quizá que es lo que más come la gente a la que no le gusta el ugali (por ejemplo, a la mayoría de los españoles de Nyumbani 😉 ).

Belén y Letty limpiando las judias Para completar los platos, lo habitual es encontrarse legumbres (por ejemplo, judías pintas similares a las nuestras, aunque con una cresta blanca, o lentejas, más pequeñas y gorditas que las españolas) y el vegetal que resulta ser otro elemento fundamental de la dieta keniana y que se llama kale, con el que hacen un guiso llamado sukuma wiki (que según el cocinero del lugar significa “push for a week”, o aguantar durante una semana). Las excepciones a esta dieta son algunas piezas de pollo muy de vez en cuando, y algún guiso de patatas con algo de carne, que creo que es de cordero. La fruta es inexistente (debemos comprarla de vez en cuando). El alimento que sí ha causado sensación en la comunidad española de Nyumbani ha sido el chapati, una torta de maíz usada de manera similar a las tortitas mexicanas y qué está bien rica mezclada con el guiso de carne que os decía.

No he dicho nada de los desayunos, pero no tienen nada de especial (té masala, pan y mantequilla), excepto por una especie de buñuelos grandes que hacen aquí y que se llaman mandazi. Están riquísimos si los abres por la mitad y les pones mantequilla y azúcar.

¡Ah, bueno, y se me olvidaba! El otro día descubrimos que aquí tienen una máquina para hacer azúcar a partir de caña de azúcar. Preguntamos en la cocina si sería posible probarla, y con un machete pelaron una caña y la cortaron en tres trozos. ¡Estaba deliciosa! De hecho, para mucha gente aquí son como los dulces para nosotros, y puedes verlos comiéndolos por la calle. Lo único malo es que una vez que han terminado, lo escupen, así que es normal ver en algunas zonas el resultado de su degustación…

¡Que aproveche! ¡Tatuonana!

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Moverse por Kenia

miércoles, 29 de julio de 2009

Una de las primeras cosas que me llamó la atención sobre Kenia, o al menos sobre Nairobi, fueron sus carreteras. No se parecen en nada a las que tenemos allí en España, excepto que están hechas de asfalto, cuando existe. Algunas de las carreteras que hemos tomado son simplemente pistas de tierra, una tierra roja que, ahora que estamos en época seca, se levanta en forma de polvo y lo tiñe todo de un color arcilloso: los zapatos, las plantas, los coches, incluso los ordenadores que tengo ahora mismo a mi lado tienen ese polvillo rojo pegado.

La carretera de Karen a Nyumbani La mayor parte de las carreteras no tienen líneas de separación. El centro de Nairobi sí que suele tenerlas, pero si te mueves por los alrededores, como es nuestro caso en Karen, las líneas brillan por su ausencia. Tampoco encontrarás señales, o muy pocas. Olvídate de encontrar un enorme panel que te avise de que la próxima salida te llevará al centro de Nairobi, o qué carretera te encontrarás para ir a Mombasa. Las señales que no faltan son las que avisan de la proximidad de algún colegio, acompañadas de los correspondientes badenes.

Además de los coches, los matatus (una especie de autobuses para un máximo de 14 personas de los que hablaré en breve), los autobuses o city hoppas, y los camiones, de los que encuentras un montón llevando agua y petróleo de aquí para allá, también ves gente tirando de carros, bicicletas, motos y peatones. La primera sensación es que aquello es un caos, sobre todo por la mañana, cuando es hora punta como en cualquier otro sitio. Todos los conductores hacen por colarse por el más pequeño atisbo de paso, interrumpiéndose unos a otros, frenando constantemente o parando para dejar cruzar a un peatón que se encuentra en mitad de la carretera. Ante un atasco, como no hay líneas que separen los carriles, los coches que ven que pueden ir por el mismo centro de la vía lo harán. Las rotondas son todo un espectáculo.

Si esa es la primera sensación, la primera reflexión es que debe haber un montón de accidentes. Y sin embargo, en los quince días que llevo aquí, sólo he visto uno, un ciclista que se cayó de su bicicleta sin ningún percance ni herida. La única explicación que veo es que, de alguna forma, todos se organizan según algún tipo de normas tácitas que todos cumplen. La paciencia que muestran ante todo tipo de irregularidades es en mi opinión una útil herramienta aquí, donde si te ven acelerado o con prisas (esas que sufrimos en Madrid) te recuerdan: pole pole (“poco a poco”, “con calma”, “despacio”).

Por cierto, no os olvidéis de que aquí, por la influencia que los colonizadores británicos dejaron, conducen por la izquierda, así que ¡hay que mirar primero a la derecha y luego a la izquierda! Yo todavía no me he acostumbrado, pero ya he comprobado que no es muy arriesgado ir cruzando poco a poco, siempre que no hagas movimientos bruscos 😉

¡Tatuonana!

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El primer día de trabajo

lunes, 20 de julio de 2009

En estos días que han pasado, desde que llegamos el pasado jueves por la mañana, nos hemos ido haciendo con el lugar, la gente y el ritmo de aquí. Han sido cuatro días muy intensos, tan intensos que parece que llevamos aquí ya un mes, y todavía nos quedan casi dos.

Ya hemos conocido a muchos de los que trabajan aquí, y como no, a los niños. Con la excepción de algún chavalín, que parece tener una apariencia de chico serio, todos los demás gastan una tremenda sonrisa todo el día. Los hay volcánicos, terremóticos, y de todo, pero todos muy cariñosos. Ayer pasaron un mal rato, porque los voluntarios estadounidenses que andaban por aquí se volvían a Estados Unidos, y hubo algunos pequeños dramas. Pero bueno, saben que volverán el año que viene, así que ahí quedó todo.

Pero parece que el periodo de adaptación ha terminado, y hoy por fin hemos empezado a trabajar. El ritmo es estricto. Nos levantamos alrededor de las seis y media para tomar el desayuno a las siete (té o café, con alguna rebanada de pan o una especie de pestiños pero más blandos), tenemos la reunión de empleados a las ocho, en la que se organiza (creo) un poco el trabajo que se va a desarrollar (creo porque a la de hoy hemos llegado tarde, ¡oops!), y realizamos nuestras tareas hasta la una, en la que se sirve la comida. El trabajo empieza de nuevo a las tres, y termina a las cinco. De cinco a siete preparamos las lecciones que daremos durante el programa de verano (que empieza el próximo 1 de agosto y termina el 6 de septiembre.

Hoy sin embargo ha habido algunas excepciones. La primera de ellas es que nos hemos ido con Pasqual (el administrador de la red, algún día os hablaré de él, porque es mi jefe) a Nairobi, para comprar algunos componentes. La segunda ha sido una celebración. Por la tarde, a las cuatro, hemos celebrado los cumpleaños del personal. Estos cumpleaños se celebran una vez cada mes, para todas las personas que cumplen en él. La tarta riquísima y ¡tadá! helado de vainilla, toda una sorpresa.

A las siete cenamos (a esta hora, aquí en Kenia, es ya noche cerrada). Hoy nos ha tocado una especie de guiso de patatas con chapati, unas tortas de maíz, un tanto gruesas, que utilizan de manera parecida a los mexicanos. Luego, hemos estado repartidos por ahí en las casas de los chavales, echándoles una mano a ellos y a su mummy con sus deberes. En mi caso, me ha tocado lección de inglés (leer y eso). Algunos chavales leen relativamente bien y rápido. A otros les cuesta más y hay que echarles una mano.

Así que ahora, en cuanto termine esto, voy a caer en la cama como un saco de patatas, porque además mañana nos levantaremos a las 5:30 (ocho horitas, vamos) para despedir a los chicos en su salida al colegio.

¡Tatuoanana!

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T menos cuatro días

sábado, 11 de julio de 2009

Me habréis notado desconectado del mundo 2.0. En realidad, no me habréis notado. Los motivos han sido fundamentalmente dos. De uno de ellos se hablará en su momento, que tampoco es plan de adelantar acontecimientos (aunque algunos ya estáis al tanto). El otro es mi viaje a Kenia.

Y es que ya no queda apenas nada. El próximo miércoles despegamos hacia Nairobi, haciendo una escala en Ámsterdam cuya duración (unas 8 horas) creemos que nos permitirá dar una vuelta por la ciudad, si no hay retrasos.

420022371_c96503d6b9 Y no os voy a mentir: estoy nervioso. Hace poco me decía una amiga que eso era síntoma de que soy una persona que necesita mantener el control sobre todas las cosas. No le falta parte de razón, pero creo que no tiene tanto que ver con eso como con que no sé exactamente qué me encontraré: no quiero controlarlo, quiero saber qué es. El que normalmente no lleve bien las novedades también contribuye a ello.

Pero tampoco quiero aventurar nada sobre lo que viviré con esta experiencia. Ir preparado sí, pero tratar de imaginarme cómo será el día a día, o qué dificultades tendré, no. Quiero que aquella realidad me golpee directamente sin ningún escudo de prejuicios o pensamientos preconcebidos, tener la mente abierta, no tener miedo a que aniden en mí ideas distintas. Lo que debía saber, ya lo sé. Lo que no, lo aprenderé allí.

Por lo que respecta al tema de la comunicación, no sé de qué medios 2.0 dispondré allí para comunicarme. Por lo visto hay posibilidad de acceder a internet, pero no todo el tiempo ni con el ancho de banda que disfrutamos aquí en España. Aun así, intentaré alimentar este blog y el de la asociación, y si es posible, iré transmitiendo lo que voy haciendo en twitter.

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Sobre la memoria

jueves, 4 de junio de 2009

Hace unos minutos he llamado a un amigo con el que hacía mucho tiempo que no hablaba, y algo más que no le veía. Hoy es su cumpleaños, así que le he felicitado, y nos hemos puesto un poco al día (¡también se va a meter en temas de Scrum y metodologías ágiles!). También hemos quedado en que nos llamaremos a principios de la semana que viene, para decidir un día en el que quedar para comer. Sé que vamos en serio porque la charla no ha acabado con ese manido y difuso “pues venga, nos llamamos a ver si quedamos un día”, frase tan inútil como vacía. Puestos a ser prácticos y evitar subterfugios, es mejor despedirse con un “a ver si el destino vuelve a cruzar nuestros caminos”. Que además, en mi opinión resulta más elegante y evocadora.

Cuando ha descolgado, lo primero que ha dicho ha sido algo así como: “No me lo puedo creer, después de tanto tiempo, mira que el blutuz conectado con la agenda sincronizada con el ordenador hace milagros, ¿eh?”, porque sabía muy bien que, si fuera por mi mismo, no me habría acordado de su cumpleaños. Eso no significa que no me sepa ninguno, es simplemente que no puedo recordarlos todos (o no quiero o no me apetece o prefiero ocupar el espacio con otro recuerdo, no sé bien, la verdad). No sé qué haría sin mi memoria artificial. O quizá sí, pero eso es tema para otro post (si me acuerdo).

El tema es que si quieres recordar algo, y tienes memoria de pez como la mía, lo mejor es utilizar algún medio para poder registrarlo. En unos pocos días, ya apenas nada, parto para un viaje del que querré guardar muchas cosas en la memoria. Muchas, las más llamativas, las más discordantes si acaso, permanecerán por sí mismas y se harán indelebles en ella, como escribir en una vileda sin rotuladores vileda. Otras, por inadvertidas, apenas llegarán a estar unos pocos segundos, quedando relegadas a la nada de los recuerdos sin seguro oponer resistencia. Me preocupan más aquellas que, acomodadas en el salón de los recuerdos, vayan mutando y cambiando, disfrazándose de otros recuerdos y otras impresiones, convirtiéndose en leves fantasmas de lo que fueron, en atisbos de su antigua concreción, en meras trazas de lo que antes fueron profundos surcos en el camino. Para ellos dispongo de dos medios. Uno, si la infraestructura tecnológica y el tiempo lo permiten, será este mismo blog, aunque me temo que será difícil. El otro vino de sorpresa y es este que os muestro:

DiarioViajeNyumbani

Es un cuaderno de viaje, me lo ha regalado Madame Tafetán, y me lo entregó en el pasado Twittmad, donde por fin nos desvirtualizamos. Lo ha encuadernado ella misma, y está inspirado en diseños africanos. Él será el que me acompañe de acá para allá, haciendo de memoria externa y de muleta de la mía. Madame: desde aquí, gracias.

Y si lo miras, creo que es mejor que un ordenador. ¿No? Mirad: aunque no os lo creáis, no necesita pilas ni cargadores, es inalámbrico, va con marcapáginas, como los navegadores y admite un montón de tipos de letra y de diseños distintos 😀 ¡Genial!

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