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La duda

Jueves, 17 de Mayo de 2012

En un mundo caótico, sin nada a la vista que sirviera para encontrarse y encontrar su lugar, lo único claro a lo que podía aferrarse era a esa duda persistente. Cuando todo lo demás parecía ilógico, difuso, indefinido, apenas las sombras nacidas de una vela titilante, la duda era lo más sólido a lo que podía abandonarse, la pesada aunque vacua evidencia de que lo único que realmente existía era lo intangible de la incertidumbre. Y así, hizo de ella la mayor de sus certezas. Como un faro oculto tras el velo denso de la niebla, era el punto de referencia en el proceloso mar que le había tocado bogar.

Y sin embargo, guardaba la esperanza de que un día el velo caería, o volaría más allá de sí, y el faro se haría innecesario, y la duda perdería sus formas caprichosas. Soñaba con un mar en calma, extenso infinito, un espejo en el que poder ver el cielo como un caleidoscopio. Imaginó un sol tímido acariciando su piel, sus párpados entrecerrados, y la mano abandonada a la suave nana que cantaban las olas, apenas besando con los dedos la fresca superficie del reflejo, como si pudiera dibujar con ellos las nubes sobre las ondas del agua.

Cuando despertó, tomó de nuevo la duda, y se abrazó a ella.

Cuentos e historias

Cruce de caminos

Martes, 17 de Abril de 2012

Cruce de viasComo cualquier otro día laborable, y en particular, como cualquier otro viernes, había tomado el metro para ir a mi trabajo. Nada especial aquel día, en apariencia. Las mismas caras anónimas de mis compañeros de viaje, las mismas prisas… Si acaso era el tema que tocaba el violinista, uno de los conciertos para violín de Bach, lo único que hasta ese momento me había hecho ver que ese viernes no era el día de la marmota.

Cuando llegué a mi estación de destino, me detuve un momento para revestirme y preparar mi salida al mundo exterior, así que poco a poco la gente fue abandonando el andén hasta que quedarme solo. Bueno, casi solo. Una señora se había quedado rezagada, y se mostraba un tanto perdida, sin saber muy bien si continuar andando hacia la salida del fondo, o por el contrario salir hacia la que tenía frente a ella. Sus ojos se movían aquí y allá buscando una respuesta, hasta que se encontraron con los míos.

Me preguntó cuál era la salida más cercana a la oficina de la Tesorería y, aunque al principio no sabía a qué oficina se refería, caí en la cuenta de que estaba hablando de la que está justo al lado de mi trabajo. Le indiqué la salida, le dije cómo podía llegar hasta su destino, y me ofrecí a señalarle donde estaba, dado que yo trabajaba muy cerca y probablemente seguiría el mismo camino. Inconscientemente imaginé el camino, yo a un lado, ella al otro, sin hablar, hasta el momento en que se rompiera el silencio con un “y ahora debe usted bajar por esa calle”. No fue así. No recuerdo exactamente quién empezó, pero sí recuerdo que la conversación surgió fluida, apoyándose unas palabras en otras, agradable, y profundamente personal para mi sorpresa. Y así, sé que Susana (pues así se llama) lleva dos años en España y viene de Venezuela, y que su hijo lleva aquí siete años. Que la situación allí es peligrosa y que por fin consiguió que aquí le homologaran su título de odontóloga. Que quería darse de alta para poder establecer su negocio, y que su hija pequeña no estaba para entrar en la Universidad, pero que quizá llegado el momento, yo podría echarle una mano aportándole información. Ya en el momento en que nuestros caminos se separaban, intercambiamos nombres y tarjetas. “Ha sido un placer, Miguel”, “Encantado de conocerla, Susana”, “Ya nos veremos”, “Claro que sí”, “Adiós”, “Adiós”.

El encuentro tuvo un efecto que no esperaba en absoluto cuando nos encontramos en la estación. Súbitamente, me sentí alegre, feliz. No sabría explicar muy bien por qué. Quizá fue consecuencia de la sorpresa por haber trabado cierta confianza con una total desconocida, y de haber compartido unos pocos minutos durante los cuales cada uno se asomó a la vida, a las ilusiones, a los proyectos del otro. Quizá fue que el encuentro me recordó e hizo patente que el ser humano está hecho para comunicarse, para realizarse en los demás, para compartir. Quizá esté buscando una explicación más allá del simple hecho de haber cruzado unas pocas palabras.

Ignoro la causa, me quedo con el efecto.

El cruce de caminos es obra de Iván Rumata.

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El objetivo

Domingo, 13 de Noviembre de 2011
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Llegó a la azotea y dejó el pesado maletín sobre la grava. Se arrodilló ante él y lo abrió. El rifle de largo alcance, desmontado, reflejó casi cegadoramente la luz a la que un cielo sin nubes permitía el paso sin obstáculos. Cada una de sus piezas parecía estar hecha de obsidiana, y aun desmontado parecía decir a voces lo peligroso de su naturaleza. El francotirador fue extrayendo una tras otra, manipulándolas con seguridad, como si fueran ligeras como plumas, y no pesadas como bloques de acero. El sordo chasquido metálico entre cada sección del fusil iba dando testimonio de lo sólido de la construcción. La última pieza que el tirador colocó fue la mira telescópica de precisión, una obra maestra, según dijo aquel traficante sucio y sudoroso que se lo vendió. “¡Una obra maestra!”. Por último, extrajo el proyectil que luego colocó con cuidado en la recámara. Sabía que sólo necesitaba una. Desde luego no era la primera vez que lo hacía, pero aquel pensamiento de hace años, acerca del contraste entre lo negro del arma y lo brillante y claro de la bala y la vaina volvió a pasar fugaz por su cabeza, sin apenas darse cuenta.

Sopesó el peso y el equilibro del conjunto, haciéndolo saltar varias veces y apenas unos centímetros por encima de sus manos, y quedó conforme. Se tumbó junto a la cornisa y dejó el arma paralela a sí. Observó en la distancia y comprobó que su objetivo aparecía más pequeño de lo que había pensado. Sin embargo, él se sabía un tirador fuera de serie y no dudó ni por un momento que la distancia al objetivo o su tamaño relativo fueran un problema. Tenía a su lado la mejor arma construída nunca, sus ojos no habían perdido ni un ápice de su agudeza, y no recordaba que nunca le hubiera temblado el pulso. En su trabajo era un lujo que no podía permitirse.

Con la parsimonia que sólo la seguridad y su experiencia podían proporcionarle, tomó el fusil y apoyó son suavidad la culata en su hombro, buscando la mejor posición para que éste aceptara sin queja a aquella, y luego inclinó su cabeza un tanto hacia su brazo derecho. Alineó ojo y mira, y acomodó la cuenca a la pieza de goma, como si la mira hubiera formado siempre parte del ojo. La realidad, aumentada por obra de la limpia óptica, le mostró el objetivo en el tamaño en que lo había imaginado. Estudio sus detalles, su forma y color, y se dijo para sí que era toda una suerte que se moviera tan lentamente. Eso haría el trabajo más fácil, y aunque la satisfacción por lograr un reto menos desafiante era menor, la pasta se las ingenió para llenar el hueco.

Relajó durante unos instantes todos sus músculos, hasta los más pequeños, tomó aire, y tensó únicamente los que debían realizar el trabajo. Acarició el gatillo —”bang”—, y apuntó con cuidado. Su cerebro ya había empezado a calcular la trayectoria esperada de su objetivo, y a transmitir a sus músculos las órdenes precisas para mantenerlo confinado con precisión milimétrica en el centro de la mira y el cañón —”bang”—. La geometría nunca había sido su fuerte en la escuela, pero era capaz de moverse con soltura en su personal bosque de intuiciones y sensaciones en las que ni los ángulos ni las distancias tenían nombres, o medidas que pudiera expresarse en números.

Esperó a que llegará la sensación de que él, su arma y el objetivo formaban una única cosa indistinguible. El pensamiento racional, lógico, desapareció, y dejó paso a una extraña clarividencia sin palabras, un lenguaje primordial que hablaba en imágenes… El dedo en el gatillo se tensó, el cañón se desplazó apenas un milímetro para corregir la alineación, y en el momento preciso, dedo y gatillo alcanzaron el fina de su recorrido.

Un sonido opaco, contenido, sordo y seco interrumpió durante un momento todo lo demás.

El objetivo había sido alcanzado.

Un objetivo equivocado.

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