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El objetivo

domingo, 13 de noviembre de 2011

Llegó a la azotea y dejó el pesado maletín sobre la grava. Se arrodilló ante él y lo abrió. El rifle de largo alcance, desmontado, reflejó casi cegadoramente la luz a la que un cielo sin nubes permitía el paso sin obstáculos. Cada una de sus piezas parecía estar hecha de obsidiana, y aun desmontado parecía decir a voces lo peligroso de su naturaleza. El francotirador fue extrayendo una tras otra, manipulándolas con seguridad, como si fueran ligeras como plumas, y no pesadas como bloques de acero. El sordo chasquido metálico entre cada sección del fusil iba dando testimonio de lo sólido de la construcción. La última pieza que el tirador colocó fue la mira telescópica de precisión, una obra maestra, según dijo aquel traficante sucio y sudoroso que se lo vendió. “¡Una obra maestra!”. Por último, extrajo el proyectil que luego colocó con cuidado en la recámara. Sabía que sólo necesitaba una. Desde luego no era la primera vez que lo hacía, pero aquel pensamiento de hace años, acerca del contraste entre lo negro del arma y lo brillante y claro de la bala y la vaina volvió a pasar fugaz por su cabeza, sin apenas darse cuenta.

Sopesó el peso y el equilibro del conjunto, haciéndolo saltar varias veces y apenas unos centímetros por encima de sus manos, y quedó conforme. Se tumbó junto a la cornisa y dejó el arma paralela a sí. Observó en la distancia y comprobó que su objetivo aparecía más pequeño de lo que había pensado. Sin embargo, él se sabía un tirador fuera de serie y no dudó ni por un momento que la distancia al objetivo o su tamaño relativo fueran un problema. Tenía a su lado la mejor arma construída nunca, sus ojos no habían perdido ni un ápice de su agudeza, y no recordaba que nunca le hubiera temblado el pulso. En su trabajo era un lujo que no podía permitirse.

Con la parsimonia que sólo la seguridad y su experiencia podían proporcionarle, tomó el fusil y apoyó son suavidad la culata en su hombro, buscando la mejor posición para que éste aceptara sin queja a aquella, y luego inclinó su cabeza un tanto hacia su brazo derecho. Alineó ojo y mira, y acomodó la cuenca a la pieza de goma, como si la mira hubiera formado siempre parte del ojo. La realidad, aumentada por obra de la limpia óptica, le mostró el objetivo en el tamaño en que lo había imaginado. Estudio sus detalles, su forma y color, y se dijo para sí que era toda una suerte que se moviera tan lentamente. Eso haría el trabajo más fácil, y aunque la satisfacción por lograr un reto menos desafiante era menor, la pasta se las ingenió para llenar el hueco.

Relajó durante unos instantes todos sus músculos, hasta los más pequeños, tomó aire, y tensó únicamente los que debían realizar el trabajo. Acarició el gatillo —”bang”—, y apuntó con cuidado. Su cerebro ya había empezado a calcular la trayectoria esperada de su objetivo, y a transmitir a sus músculos las órdenes precisas para mantenerlo confinado con precisión milimétrica en el centro de la mira y el cañón —”bang”—. La geometría nunca había sido su fuerte en la escuela, pero era capaz de moverse con soltura en su personal bosque de intuiciones y sensaciones en las que ni los ángulos ni las distancias tenían nombres, o medidas que pudiera expresarse en números.

Esperó a que llegará la sensación de que él, su arma y el objetivo formaban una única cosa indistinguible. El pensamiento racional, lógico, desapareció, y dejó paso a una extraña clarividencia sin palabras, un lenguaje primordial que hablaba en imágenes… El dedo en el gatillo se tensó, el cañón se desplazó apenas un milímetro para corregir la alineación, y en el momento preciso, dedo y gatillo alcanzaron el fina de su recorrido.

Un sonido opaco, contenido, sordo y seco interrumpió durante un momento todo lo demás.

El objetivo había sido alcanzado.

Un objetivo equivocado.

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