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Las dos caras en la obra de Antonio López

lunes, 5 de septiembre de 2011

Encontrarás calles vacías, estáticas, iluminadas con los colores cálidos del atardecer, o con la luz brillante de un amanecer, y te sorprenderá con una sobrecogedora capacidad para hacernos creer que estamos viendo una foto: instantes eternos en la vida diaria de las calles de una ciudad como Madrid. Pero encontrarás eso: calles vacías, desiertas, sin el palpitar vibrante de sus habitantes.

Verás expresiones apenas humanas en sus bustos, esculturas y relieves, con miradas que terminan en el infinito, como las de aquel hombre y aquella mujer, cercanos por el lugar que ocupan, pero solos, solitarios, abandonados el uno del otro, desconocedores por siempre de la magia que surgiría si fueran capaces de girar sus cabezas de madera y cruzar sus ojos.

O la mirada del hombre yacente que parece haber perdido la vida en ese mismo instante, una figura en la que, inevitablemente, te encontrarás a ti mismo. Buscarás con tu mirada la mirada del busto dorado de su mujer, con los ojos ausentes y helados, fijos en algún lugar más allá de su propio tiempo, pero no la hallarás. Ninguna de esas miradas te devolverán su brillo.

Todo ello me llevó a pensar, o yo mismo lo hice, quién sabe, que la pintura y la escultura de Antonio López ocultan, tras una más que evidente técnica realista (rechazo de plano el término hiperrealista, pues no hay nada más real que lo real mismo) y una ubicua obsesión por el detalle, un arte frío y mortecino, triste y descarnado, sobrio y seco, quizá como los campos de la tierra manchega que lo vio nacer… Salí de la exposición confundido, turbado, con sensaciones y emociones mezcladas, como un ovillo en las patas juguetonas de un gato…

Y sin embargo…

Con Fernando Savater aprendí que la vida y la muerte, esas dos caras de las que olvidamos que pertenecen a la misma moneda, y de tal forma que es imposible definir o hacer referencia a una sin acabar inevitablemente tornando esa moneda y viendo la otra, decía que aprendí que cuando meditas sobre el hecho de estar vivo, te deslizas irremediablemente hacia la negra conclusión de que algún día has de morir; un camino que por fortuna, eso sí, también se recorre en el sentido contrario, pues no es posible pensar en tu esencia mortal sin recibir súbitamente el empuje y la fuerza que proporciona la sensación de estar completa y felizmente vivo.

Quiero pensar entonces que el mensaje de López es un mensaje optimista, expansivo, creador, vital en definitiva, que nos conduce por la vía de lo opuesto a nuestro verdadero destino, un mensaje que nos recuerda insistentemente que nuestro tiempo aquí tiene un límite, que debemos aprovechar cada segundo como si fuera el último, que nuestro espacio sólo tiene sentido por la corriente vital que lo atraviesa, que si queremos ocultarnos nuestro final, tapando nuestros ojos como hacíamos de niños para escondernos de los demás, y no lo tenemos presente, sólo conseguiremos desvirtuar y pervertir el sentido real de nuestra propia vida.

Y si no es así, así lo decido yo.

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