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Archivo para Abril, 2010

Pomodoro

Martes, 27 de Abril de 2010

Quisiera compartir con vosotros una metodología de trabajo que me ha funcionado muy bien en estos meses en los que la he estado probando.

Si vuestro entorno de trabajo es como el mío, vuestra capacidad de concentración se verá mermada por todo tipo de interrupciones. Estas interrupciones cortan tu “flujo” y provocan que después de cada una de ellas te preguntes eso de “¿y yo qué demonios estaba haciendo?”. Con lo de flujo no me refiero al flujo de trabajo, alguna combinación de “explorar, analizar, resolver, pulir, probar”, sino más bien a ese estado en el que el tiempo deja de existir y lo único que ocupa tu cabeza es lo que en ese momento estás haciendo. Entrar en ese estado cuesta mucho. Y salir de él te deja de nuevo en el punto de partida, aunque hayas estado así durante horas.

Las interrupciones que os comentaba toman multitud de formas: llamadas de teléfono, reuniones no programadas, consultas de tus compañeros… Pero no son las únicas, ni las más peligrosas. Esas interrupciones son “externas”. Las peores son las interrupciones “internas”. “Tengo que decidir dónde voy a comer”, “voy a bajar a por una cocacola”, “voy a navegar un poco, nah, cinco minutos”, “¡anda!, si olvidé avisar a Paco de que no podré ir al cine…”. Muchísimas de esas interrupciones pasan inadvertidas porque no las consideramos interrupciones.

pomodoro-timer El principio básico sobre el que se sustenta la técnica Pomodoro es la división de tu tiempo en fracciones de 30 minutos. Para saber cuando empieza y termina cada fracción, necesitarás algún tipo de cronómetro. Francesco Cirillo, el autor de este método, italiano, utilizaba un reloj de cocina con forma de tomate. Y tomate en italiano se dice “pomodoro”. Así que al final, cada fracción de tiempo acabó llamándose un pomodoro.

Cada pomodoro está formado por un periodo de trabajo dedicado, un bloque de tiempo indestructible de 25 minutos, seguidos de 5 minutos de descanso. Cuando has cumplido cuatro pomodoros (es decir, dos horas), puedes dedicarte 15 o 20 minutos de descanso. Y bueno, ya sé lo que estáis pensando: “Es imposible que durante esos 25 minutos nada ni nadie te interrumpa, sobre todo después de los que nos has contado de las interrupciones internas”. Y tienes razón. El truco no está en evitar las interrupciones, ya sean internas o externas. El truco está en saber gestionarlas.

Cuando una interrupción está a punto de interrumpir tu trabajo, lo más importante es resolverla cuanto antes. Las interrupciones internas son fáciles de resolver: las apuntas en un papel, y las dejas para más adelante, por ejemplo, para cuando termines el pomodoro. Es posible que para entonces hayan perdido mucho de su urgencia o importancia. Las externas se resuelven relativamente bien con algunas frases estratégicas del estilo “¿Te puedo llamar en 18 minutos?” [la gente flipa cuando eres tan preciso con el momento en el que les devolverás la llamada], o “Me pillas en medio de un pomodoro, ¿te puedo atender más tarde?” [la referencia al pomodoro levanta la curiosidad de la gente. Nunca les he preguntado lo que imaginan]. De verdad, hay pocas cosas tan importantes o tan urgentes que no puedan esperar, en media 12 minutos y medio de tiempo. Tu jefe aceptará relativamente bien que le digas que en diez minutos estás con él al 100%.

Hay multitud de excepciones y de situaciones que no encajan perfectamente con la breve descripción de la técnica que os he ofrecido. ¿Qué ocurre si la tarea que tienes a mano no llega a ocupar los 25 minutos? ¿Qué pasa si mi jefe se le pone en las narices que vaya a esa bendita reunión? ¿Y si la tarea ocupa más de 25 minutos? ¿Qué ocurre si suena el reloj justo cuando me quedan dos minutos para terminar lo que me había propuesto? Si estáis interesados en las respuestas que ofrece esta técnica, os sugiero que os leáis el pequeño manual en el que el autor la describe con más detalle. Podéis encontrarla en su sitio web.

Gracias a esta técnica he encontrado la manera de ser más consciente de las interrupciones que me acechan, y he aprendido a gestionarlas mejor. He aprendido a contabilizar efectivamente cuánto tiempo me lleva una tarea. Me ha impuesto una disciplina que combina perfectamente la dedicación al 100% a una tarea con la entreverados con descansos periódicos que me ayuda a ser más productivo. En definitiva, he aprendido a ser más productivo siguiendo disciplinadamente un pequeño conjunto de reglas. ¿Qué más se puede pedir?

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Envidia, y no sana

Sábado, 10 de Abril de 2010

Envidio a los músicos capaces de crear música en su imaginación, envidio a los pintores y su deshacerse en un cuadro, a los escultores, los que encuentran obras de arte en bloques de mármol o escondidas en láminas de cobre y hormigón. Envidio a los ingenieros aeronáuticos que trabajan en astronáutica, capaces de llevarnos al infinito un paso cada vez. Envidio a los matemáticos y sus modelos de evolución bursatil (ni buenos ni malos, pero si útiles o inútiles). Envidio al fotógrafo del National Geographic por muchos motivos. Envidio al diseñador, y al decorador. Al jardinero. Al director de cine, al actor. A Fernando Savater, a Ortega y Gasset, a Feynman, a Einstein, a Brahe, a Newton, a Gauss y Euler, a Leibnitz.

¿Dije envidia? Quería decir admiración. De la sana. La que me producen trabajos como este:

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Quien a más se atreva…

Jueves, 8 de Abril de 2010
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Lady Macbeth – ¿Estaba ebria la esperanza de que te revestiste? ¿O se durmió? ¿Y ahora se despierta mareada después de sus excesos? Desde ahora ya sé que tu amor es igual. ¿Te asusta ser el mismo en acción y valentía que el que eres en deseo? ¿Quieres lograr lo que estimas ornamento de la vida y en tu propia estimación vivir como un cobarde, poniendo el «no me atrevo» al servicio del «quiero» como el gato del refrán?.

Macbeth – ¡Ya basta! Me atrevo a todo lo que sea digno de un hombre. Quien a más se atreva, no lo es.

Macbeth, acto I, escena VII
William Shakespeare

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Mi vida en cincuenta palabras

Lunes, 5 de Abril de 2010

158163472Es complicado. No digo que no pudiera estar horas y horas hablando de mí, pero ¡sintentizarlo todo en cincuenta palabras…! A poco que uno se disponga a hacerlo, ya le aparecen en la mente al menos cincuenta vivencias que requerirían al menos quinientas palabras cada una para ser entendidas, o al menos transmitidas. ¿Qué destacarías? ¿Cuáles han sido tus principales etapas? ¿Qué te marcó? ¿Cuál fue el mejor momento, cuál el peor? ¿Qué repetirías y qué no? Podrías enumerar todas las personas que pasaron, las que se fueron y las que permacen, y de todas podrías dar cuenta. O podrías ir año a año, y cada uno te traería recuerdos suficientes para hacer una película. Pero cincuenta palabras…

No todo es importante, claro está. Muchas de las cosas que te han sucedido en la vida no dejan de ser instancias del mismo modelo, consecuencias derivadas del hecho común de compartir humanidad con nuestros semejantes. Son importantes para mí en mayor medida que para el resto, cómo no. Al fin y al cabo es mi vida. Pero nada que resulte relevante, nada que merezca ocupar alguno de los cincuenta primeros puestos. Así y todo… Cincuenta palabras…

Quizá la manera sería preguntarle a la gente cómo resumirían la parte de mi vida que conocen, en cincuenta palabras. Al menos de esa forma, se evitaría todo el ruído interior y se tendría una idea de lo proyectado e irradiado. Un catálogo de acciones, buenas y malas, que me definirían en los demás. Reflexiones positivas y negativas, resúmenes a favor y en contra. Cincuenta palabras…

Pensaba dedicarle más tiempo. Pensé en hacer una versión larga y luego ir reduciendo, esquirla a esquirla, y puliendo la irregularidad de los detalles hasta definir un perfil, una única línea que contuviera la esencia de mis 38 años de camino. Pero he decidido hacer otra cosa. Os voy a dejar aquí la primera aproximación. No será la última, porque la idea me ha gustado desde que la vi en el blog de Saray, y pienso hacer otras tantas, basada en ésta u otras nuevas. Y como informático que soy, y ferviente defensor de las técnicas ágiles e iterativas, pretendo ir construyendo esa definición a fuerza de dar vueltas sobre ella, aportando y eliminando cada vez pequeñas cosas.

La primera ha surgido con un tono que parece definir mi vida a lo largo de todo este tiempo. Un cierto regusto a las fresas con vinagre, como si el aliño fuera el plato principal y consistiera en una salsa agridulce de verdad, de la que sirven en los restaurantes chinos de verdad. Que me sepa dulce o ácida depende de toda la atención que le ponga a cada sabor, pero ambos están ahí. Y con cierto sabor a esperanza, por qué no decirlo, algo que mantengo orgulloso como un núcleo duro al que aferrarme en momentos difíciles. La esperanza de no perder la esperanza.

Me da cierto pudor, siempre lo he sentido así, pero qué demonios…

Cincuenta palabras… Éstas:

Me nacieron hace milenios, y llegué hace 38 años. Crecí entre algodón de azúcar, pero aprendí a vivir con el sabor de lo  agrio y amargo. Me decidí a ser feliz, a pesar de todo. Sigo luchando por encontrarme, y aún llevo clavada la doliente espina de la existencia. Moriré.

Secretos del corazón