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Tiempo al tiempo

sábado, 6 de marzo de 2010

Ya entonces me advirtieron. Cuando empecé el proyecto Norman era consciente de que me llevaría tiempo, y que iba a ser una actividad muy demandante de “tiempo personal”. En palabras de la directora del máster, estudiar el máster exigiría y restaría tiempo de mi familia, de mis amigos, de mi ocio… Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Esta demanda está además cuantificada. Son diez horas de clase a la semana, a las que hay que sumar más o menos otras diez horas en concepto de prácticas, reuniones con los compañeros, estudio, repaso, etc. Como el tiempo es limitado, esas horas hay que sacarlas de algún sitio, a costa de otras facetas de mi vida. Las clases tienen su horario, viernes por la tarde y sábado por la mañana, y el carácter presencial del MBA junto con el peso que la asistencia tiene en la nota final de cada asignatura, hace que dejar de asistir no sea una opción. Las horas son las que son, y están donde están en el programa semanal.

Para mí que estos duermen poco... ¿De dónde saco el resto de las diez horas? Dejar de dormir y tomar algún tipo de estimulante artificial, de café para arriba, tampoco es una opción. Me he dado cuenta de que necesito un número determinado de horas de sueño si quiero encontrarme despierto y alerta a lo largo del día. Si duermo menos horas, me hago miembro de la marcha zombie. Si duermo más, también. Ya el año pasado me planteé como objetivo dormir mis horas, ser disciplinado con la hora en la que abandonaba la Autopista de Los Despiertos, para incorporarme a la comarcal con destino a la Campiña de Morfeo. No siempre lo consigo, pero en términos generales lo logro. Y el efecto ha sido y es sorprendente.

¿Empleo tiempo de mi trabajo? Eso sólo provocaría disminuir mi rendimiento en mis responsabilidades. Ojo: en ambas, tanto en mi actividad profesional como en mi actividad estudiantil. Una cosa para cada tiempo, y un tiempo para cada cosa. Había que buscar otra alternativa. Una o varias.

Al final comer, lo que se dice comer, como en unos pocos minutos, un sandwich de contenido variable a lo largo de la semana, que me hago la noche anterior. Ya sé que dedicarle tan poco tiempo no es lo más sano, que hay que invertir al menos media hora. Pero no dispongo de ese tiempo. Y por otro lado, lo de “más sano” es relativo. Ahora como menos (y aguanto bien el resto del día) y soy más productivo por la tarde. Mi michelín lo agradece y mi jefe, espero, también. Por decirlo de alguna forma, después de las cuatro de la tarde, tengo la sangre donde debe tenerse en ese momento: en el cerebro, y no en el estómago. Por no hablar de lo sana y regordeta que se está quedando mi cartera. Sustancial. El resto del tiempo, alrededor de una hora, lo puedo emplear en leer artículos, casos o resolver algún ejercicio particular. O bien tiro de netbook y voy trabajando en alguna práctica. O la dedico a llamar a la gente, también una manera de mantener el contacto aunque no sea face à face.

Otro aspecto importante es ser muy disciplinado con los tiempos dedicados a cada actividad, siempre dentro de alguna flexibilidad, cómo no. Pero la norma es la norma. Las reglas son sagradas. Cada cosa en su tiempo y un tiempo para cada cosa. Darle más tiempo a alguna actividad se hace siempre porque se resta de alguna otra. Y eso siempre implica un impacto negativo en la restada.

Chuck Norris, preparándose para entrar en el Hipercor... Al pensar en sacar esas diez horas, hice el cálculo más inmediato. Dividir diez horas entre cinco días laborables me dice que tengo que encontrar dos horas al día para estudiar. Fácil, ¿no? No. Cenar es una buena costumbre de la que no quiero deshacerme, aunque en general busque platos fáciles de hacer y sobre todo rápidos y que no ensucien mucho. Fregar menos es también ganar tiempo para otras cosas. Para preparar desayuno, comida y cena es obligatorio hacer algún tipo de compra, o sea, tiempo. Los domingos cierran muchas tiendas, centros comerciales y supermercados, y pedir la compra para que la lleven a casa no es una opción: si compro el sábado por la tarde no me lo llevan a casa hasta el lunes, cuando casi seguro que no estoy (el turno de tarde es de cuatro a diez; sí, seis horas de margen). Y hacer una compra enorme significa llevar un número de bolsas que ni Chuck Norris cuando era joven. La solución más viable es hacer una pequeña compra una vez a la semana, a partir de una lista elaborada poco a poco a lo largo de la semana anterior, previendo alimentos que se agotarán a lo largo de la siguiente. No perder tiempo en el supermercado es fundamental, y obliga a realizar la compra, podríamos decir, al estilo guerrilla. Emboscando los yogures para caer sobre ellos justo en el momento en el que ya tienes visualizado tu próximo objetivo: el jamón de york. Aprovechar los desplazamientos en el campo de batalla también es importante: entras, sigues la ruta prevista, das los golpes a la insurgencia alimenticia de forma rápida y eficiente, y abandonas el terreno.

Y hay que limpiar la casa. Probé durante un tiempo a no hacer nada para ver si ella se limpiaba sola, con la esperanza de que hubiera algún oculto mecanismo pirolítico a nivel batcueva. Los resultados del estudio son concluyentes: no existe tal cosa. Así que ese tiempo también está en el programa. Sólo quedaba una posible salida. Reducir el número de horas de estudio dedicadas en la semana laboral… y…

Hacer del sábado un día laborable más.

Y funciona. Después de las clases en el Instituto y hacer una comida frugal y rápida, reservo todas las tardes del sábado para estudiar, preparar trabajos, hacer ejercicios o lo que sea necesario. Dedicar esas horas me permite hacer un repaso de las ideas estudiadas entre el viernes y el sábado, me libera tiempo a lo largo de la semana siguiente y lo más importante, restringe esa actividad a un marco de tiempo muy concreto. Y ello por un motivo. Si he cedido conmigo en darme un día laborable más, tengo que negociar conmigo también algún tipo de compensación. Y la compensación se resume en un concepto: el domingo es sagrado. El domingo es el día de la familia, de los amigos, de la fotografía, de la lectura, del cine, de dormir más si quiero, del descanso, del café tranquilo junto a un ventanal por el que entre el sol sin pedir permiso, de leer el periódico.

La tentación después de seis días de actividad acelerada, lo sé porque lo he experimentado, es terminar ese trabajo al que sólo le quedan dos hojas, o repasar ese ejercicio si total “sólosondosminutos”. ¿Pero es que he olvidado lo que ya he dicho? El domingo es sagrado. ¿Y si tengo algo que hacer porque debo entregar algo el lunes sin falta, o no conseguiré lo que quiero? Amigo, haberlo hecho antes. Esa es la esencia del trabajo a lo largo de la semana: lo hago con la fuerza con que lo hago porque sé que el domingo es mí día sagrado, mi día para descansar. Es más, visto lo visto, ese día tengo que obligarme a descansar.

He observado un efecto curioso, y con esto termino. Lejos de estar más cansado, después de seis días de trabajo intenso en muchísimos frentes, lo que experimento es una increíble sensación de logro. Del trabajo bien hecho, del crecimiento que impone la disciplina autoimpuesta en el tiempo. De lo constructivo que resulta, en la mayor parte de las veces, decirse que no. ¿No es cierto que resulta curioso que con frecuencia la definición de una persona surja más por las veces que se dice “no”, que por las veces que se dice “sí”?

De cómo me organizo mejor creo que será mejor hablar en otro post. Los que me conocen ya saben por donde voy: el cocktail se llama, Covey, GTD y Pomodoro. Pero dejemos tiempo al tiempo.

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  1. domingo, 7 de marzo de 2010 a las 01:03 | #1

    Pues decir que no es todo un arte, no te creas que a todo el mundo le sale

  2. domingo, 7 de marzo de 2010 a las 09:49 | #2

    Es tal cual sólo con una salvedad: a mi me quedan muuuuuchos meses así y para hacerlo más llevadero los sábados por la tarde son igual de sagrados que el domingo. Bueno dos salvedades, he descubierto cómo ir por la vida sin ropa planchada, al principio pareces un palo tieso pero luego es de acople fácil. Hoy nos toca, desquitémonossssssss

  3. martes, 9 de marzo de 2010 a las 18:09 | #3

    @MadameTafetan A mí no me sale 🙂 salvo que me lo diga a mí mismo, y no siempre 😉

    @coro Lo de ir sin planchar me funcionó en Nairobi, pero aquí en Madrid no sé yo… 🙂 Pero por probar… 😉

  4. miércoles, 10 de marzo de 2010 a las 13:58 | #4

    Eres mi Chuck Norris!!

  5. miércoles, 10 de marzo de 2010 a las 22:10 | #5

    @Yon No lo dices en serio 😀 jajajaja

  6. jueves, 11 de marzo de 2010 a las 01:50 | #6

    Pues todo es ponerse. El primer no cuesta un horror y te machaca un poquillo pero luego se dice con una ligereza. A mí se me da bastante bien

  7. viernes, 12 de marzo de 2010 a las 13:51 | #7

    @MadameTafetan hmmm… no sé, decir no con ligereza puede resultar tan peligroso como decir sí con ligereza… creo.

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