El valor de las cosas
Bueno, pues ahí estás tú, liberado de todas las obligaciones inmediatas, sentado en un sillón cómodo, con la luz y temperatura adecuadas, y quizá saboreando un té o un café. Recoges de la mesilla a tu lado un libro no muy grande. Como quien se encuentra a punto de abrir el cofre de la Isla del Tesoro, parece que algo te impida pasar la primera página inmediatamente, así que te detienes mientras estudias con ojos bien abiertos la tapa, la fotografía que la ilustra, el título del libro, su autor… Mientras, el aroma de sus páginas empieza a llegar a ti y hace que por fin te decidas a seguir adelante.
Ya en la primera página te detienes nuevamente, disfrutando de cada mancha de tinta, leyendo por primera vez sus primeras palabras, que no te proporcionan nada nuevo excepto la confirmación de que el libro que te anunciaba la tapa es efectivamente el que comienzas a leer. Ojeas el índice con el ánimo de captar la esencia del libro de un vistazo, de aprender su estructura, en lo que parece ser un mirar hacia el horizonte para buscar el final de tu lectura. Saltas con más o menos detenimiento entre los nombres que aparecen en los agradecimientos de los que quizá alguno te traiga algo a la memoria, y “sin cuya inestimable ayuda este libro no hubiera sido posible”.
Aterrizas por fin en la introducción. La impaciencia hace que te tiemble la mano, así que respiras dos, tres, cuatro veces. Y empiezas a leer. Y ¡oh, dios mío! Lees esto:
Gestionar el tiempo es fácil. Todo lo que tiene que hacer es reorganizar su manera de trabajar y utilizar el tiempo ahorrado de forma más eficaz. Eso es todo.
¿Eso es todo? ¿Eso es todo? Desde luego que eso no es todo, y desde luego, no es fácil. Ese texto de ahí arriba es hermano de toda una caterva de párrafos similares que te invitan a pensar que lo que estás a punto de leer no te costará aprenderlo, y mucho menos llevarlo a la práctica. Albergo en mí la terrible sospecha de que en su momento Albert Einstein hubiera podido leer algo parecido a esto:
Desarrollar la teoría de la relatividad es fácil. Todo lo que tiene que hacer es considerar el espacio-tiempo como una variedad tetradimensional y resolver a continuación el tensor de energía-impulso. Eso es todo.
¡Anímate! Estoy seguro de que puedes llegar a formular tus propias e increíbles invocaciones a lo sencillo, en las que pongas lo que pongas, todo será fácil. Todo lo que tienes que hacer es sustituir por lo que sea lo que he dejado sin negritas. Eso es todo.
Así es que ya desde el principio desconfío de esos libros en los que tienden un plano y liso (¿y aburrido?) camino por el que llegar a aquello que ansías conseguir. Ellos son a las bibliotecas como las sitcom son a la vida real. Por eso, al contrario de lo que me ha sucedido con este libro, leer las primeras páginas de uno de mis libros “de autoayuda” favoritos hizo que me enamorara inmediatamente de él:
Obviamente, [cambiar sus hábitos] no es un proceso rápido. Pero le aseguro que experimentará beneficios y obtendrá resultados inmediatos que le resultarán alentadores. Según decía Thomas Paine: “Lo que conseguimos con demasiada facilidad nunca es objeto de gran estimación. Sólo lo que nos cuesta obtener otorga valor a las cosas. El cielo sabe poner un precio adecuado a sus bienes”.
Prevenir de que el camino será arduo es para mí una buena señal de un buen libro. Y “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, de Stephen R. Covey lo es.
¿Qué opináis vosotros?

El concepto de número no es algo innato con lo que nacemos, excepto para números naturales muy pequeños. Un ejemplo de esta limitación inicial con la que nacemos es el sistema de numeración de algunas tribus primitivas, que disponen de seis cantidades: uno, dos, tres, cuatro, cinco (¡stop rimas!) y muchos.
El siguiente nivel en lo referente a los números naturales, contar de uno a diez, no se basa en ningún convenio ni en ningún significado esotérico. Nuestro sistema de numeración es
Los primeros números que realmente podemos considerar humanos, o fruto de su pensamiento, son los
La historia de los números es apasionante, y está llena de episodios divertidos, trágicos, misteriosos… El descubrimiento del cero (cuya etimología comparte con la palabra cifra); el uso del sistema posicional, cuyo desconocimiento frenó el desarrollo matemático del Imperio Romano; el significado esotérico que los pitagóricos daban a los números, o el motivo por el que éstos ocultaron el hecho casi herético de que no es posible calcular la hipotenusa de un triángulo rectángulo con catetos de longitud 1; o la “loca idea” de
Se dice, se cuenta, se comenta…