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La verdad, la mentira, la liberación…

martes, 7 de octubre de 2008

ErichFromm8 Hemos de preguntarnos dos cosas: si la conciencia puede, y cómo, ser liberadora; y además, si esta liberación es siempre conveniente.

No hay duda de que puede ser liberadora. Hay en la historia muchos ejemplos de que el hombre es capaz de liberarse de las cadenas del engaño, penetrando las raíces y las causas de los fenómenos. No me refiero sólo a los «grandes hombres», sino también a las muchas personas corrientes que, a veces por motivos desconocidos, rasgan el velo que les cubría los ojos y empiezan a ver. Después diremos más sobre esto, cuando hablemos del psicoanálisis.

La causa de su poder liberador puede residir en un aspecto: la firmeza que tenga la posición del hombre en el mundo dependerá de si es suficiente su percepción de la realidad. Cuanto menos lo sea, tanto más desorientado estará, más inseguro y, en consecuencia, más necesitado de ídolos ante los cuales inclinarse buscando seguridad. Cuanto mayor sea una percepción de la realidad, más independiente  y libre será y en mayor medida podrá encontrar dentro de sí mismo su propio equilibrio. El hombre es como Anteo, que se cargaba de energía tocando la madre tierra, de modo que su enemigo sólo pudo matarlo manteniéndolo levantado en el aire el tiempo suficiente.

La pregunta de si es conveniente que alguien se libre de su ceguera es más difícil de contestar. Suponiendo que la comprensión de los conflictos ocultos lleve a una solución positiva y, por tanto, a un aumento del bienestar, habrá pocas objeciones. Es lo que Marx esperaba si la clase obrera se hacía consciente de su situación. Si la clase obrera se desengañase, podría edificar una sociedad que no necesitaría del engaño (y podía lograrse, porque las condiciones históricas estaban maduras). Freud creía que la comprensión de los conflictos ocultos entre las fuerzas conscientes e inconscientes tendría como consecuencia la curación de la neurosis.

Pero, ¿y si el conflicto no puede resolverse? ¿No saldrá mejor parado el hombre viviendo engañado, si una dolorosa verdad no le ayuda a liberarse en la realidad? Si, como Marx y Freud creían, las enseñanzas religiosas eran un engaño, ¿no eran un engaño necesario, si es que el hombre había de poder sobrevivir? ¿Qué le habría sucedido, de haberse desengañado, para no sentir sino desesperación, sin ver posibilidad alguna de un orden social más humano, ni de un mayor bienestar personal? O bien, si un sádico obsesivo pudiese reconocer las causas de su padecimiento, pero, por motivos posibles, supiera también que no puede cambiar: ¿no le convendrá más seguir ciego, creyendo sus propias justificaciones?

¿Quién se atrevería a contestar? A primera vista, el hecho de no querer hacer sufrir innecesariamente a nadie parece razón suficiente para no querer desengañarlo. Lo dudo, sin embargo. ¿No es lo mismo que si debe decirse o no la verdad a un paciente sobre su enfermedad mortal? ¿No le arrebataríamos la última oportunidad de afrontar su vida, de reunir todas las fuerzas internas que no hubiese movilizado todavía y de elevarse del miedo a la serenidad y a la fortaleza de ánimo? Siempre se ha discutido mucho sobre esto. A mí me parece que los más interesados se negarán a escoger por principio una u otra solución: dirán que depende de la personalidad del moribundo y que no se puede juzgar antes de apreciar su actual y potencial fortaleza de ánimo, ni de conocer su deseo más hondo, a menudo tácito. Pero me parecería inhumano querer imponerle la verdad, en la rígida convicción de que es forzosamente «lo mejor para él».

Del tener al ser
Erich Fromm

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